
Después de los aplausos vino el silencio. Ella tenía que deslizar en el piano las primeras notas de “Fuga y misterio”, un tango de Astor Piazzolla que ya había tocado muchas veces, pero que allí, en Paquistán, nunca nadie había oído. Se acomodó en el banquito, dio un suspiro profundo y permitió que aquella melodía entrañable guiara una vez más a sus manos de largos dedos finos, en ese escenario lejano.
No le fue mal. Los músicos la siguieron y no tardaron en llegar la ovación, la milonga y las palmas de un público de 2.500 paquistaníes delirantes. “La gente nos aplaudió como si fuéramos los Rolling Stones”, se emociona Paula Quiñoa, integrante de Conexión Tango, un trío de músicos argentinos que triunfa en el mundo. Un año después de su participación en el “World Performing Arts Festival”, en aquel país de Oriente Medio, Paula se presenta con su banda de jueves a domingo, en la Rambla de Barcelona, la ciudad española donde vive desde 2002.
Pero la historia de esta muchacha, que hoy recorre latitudes con partituras de tango debajo del brazo, comenzó hace 26 años, en el barrio de Floresta, en la ciudad de Buenos Aires. Hija de Franca y de Luis, nació el 1º de mayo de 1981, cuando sus hermanos Gabriela y José Luis tenían 5 y 3 años. Después llegarían Rosana y Silvia, sus dos hermanas menores.
“Ellos cuatro siempre fueron siempre mi debilidad. Creo que el amor a un hermano es indestructible”, cuenta Paula.
Cursó la escuela primaria y la secundaria en un colegio de monjas, el Espíritu Santo, que queda en su barrio. Desde muy chica tomó clases de piano. “Mi profesora me llamaba ‘terremotito’, porque nunca me quedaba quieta”, recuerda.
Reconoce que fue una niña revoltosa y creativa, y que más tarde se transformó en una adolescente rebelde. “Nunca me callaba, siempre tenía algo para decir y no aceptaba un ‘no’ por respuesta”, asegura. Esta actitud la relaciona con la rectitud de su padre, quien siempre intentó inútilmente ponerle límites a su accionar. “Mi rebeldía radica en la necesidad de medirme con mi padre, en la necesidad de confirmar que no necesito de su convicción sino de la mía para hacer las cosas”, sostiene.
Suficiente convencimiento debió tener para echar por tierra todos los mandatos familiares y, a sus 20 años, irse a España para vivir de la música. “En esa época yo estudiaba Abogacía. Quería dejar la carrera, pero mi familia me presionaba para que siguiera. Un día le llevé un 10 en Derecho Civil a mi papá y le dije: ‘Te das cuenta de que tonta no soy, pero no quiero dedicarme a esto’. Y no me discutió más”, recuerda.
La decisión de irse del país la tomó junto a su novio, Ricky Schneider, guitarrista, con quien más adelante formaría Conexión Tango. Se conocieron en octubre de 2001, cuando ella tenía 19, y él, 37. “Cuando lo vi por primera vez, supe que él era el hombre de mi vida”, lanza Paula. “Una vez me preguntó: ‘¿Qué cosa no dejarías de hacer si te ganaras la lotería?’ Yo le respondí que no dejaría de tocar el piano, de hacer música. Entonces, me di cuenta de que quería yo misma decidir sobre mi vida, sin que nada ni nadie me condicionara. Así fue como quise ir con él a probar suerte a Barcelona”, cuenta.
En un principio, Paula y Ricky tocaban jazz. Pero, de a poco, el tango terminó por conquistarlos definitivamente. “Yo me enamoré del tango, y este género me mostró todo su universo… Me empezó a llevar por el mundo”, se alegra. Con Conexión Tango, Paula se presentó en escenarios y festivales de Roma, Milán, Salerno (Italia), Toulouse (Francia), San Sebastián, Tarragona, Alicante y Barcelona (España), Lahore (Paquistán) y por supuesto Buenos Aires. Además, próximamente actuará en Rumania, Escocia e Inglaterra.
“Estando en Barcelona extraño a mi familia, a las calles, a la noche de Buenos Aires. Pero al tocar tango me siento cerca de mis raíces todos los días”, expresa Paula, que una vez por año visita su ciudad natal. “A veces pienso en lo que hice, en cómo cambié el rumbo de mi vida, y no lo puedo creer. Pero gracias a todo esto aprendí a luchar y no cansarme. Siempre hay piedras en el camino. Sólo se trata de saltarlas.”
Rosana Quiñoa
jueves, 8 de noviembre de 2007
Paula Quiñoa: "El tango me llevó por el mundo"
Publicado por
Vaquitas
en
19:36
1 comentarios
Etiquetas: Personajes
Una vida a la manera de Alá
*Una historia dentro de la Feria Internacional del Libro 2007*
Del alba hasta el ocaso
Una vida a la manera de Alá
Trabaja temporalmente en la feria del libro pero full time con su religión. Fernando Refay es musulmán las 24 horas del día y cuenta por qué.
Su frente estaba contra el piso. Así lo encontré a Fernando: el cuerpo acurrucado, la cabeza apoyada en la alfombra que colocó especialmente sobre otra alfombra –“pisada por demasiada gente”- para recitar la tercera oración de las cinco que reza por día en dirección a La Meca. De fondo: el murmullo incesante de las miles de personas que habían asistido ese día a la edición número 33 de la feria del libro de Buenos Aires. A él no parecía importarle, seguía con su ritual de las cuatro de la tarde –obedeciendo uno de los pilares del Islam- como si estuviera solo en el living de su casa.
Empieza erguido, se mueve pero mantiene los dedos pegados al cuerpo, se inclina hacia adelante apoyando las manos sobre sus piernas, después se arrodilla y finalmente queda en posición de súplica, con la frente contra el piso. En ese preciso momento se dice que todo musulmán está más cercano a Dios. Antes, había ido al baño para consumar el “Udú”, una purificación con agua previa a la plegaria.
Fernando Refay es amable y charlatán. Atiende el stand 420 correspondiente al Centro Islámico Rey Fahd en el Pabellón Azul mientras dura la feria, pero el resto del año se dedica a dar visitas guiadas y asume la parte de prensa del lugar que contiene un colegio y una mezquita en su interior. También estudia traductorado de inglés y conduce la radio del Centro sólo por su locuacidad.
Las personas se acercan al puesto buscando información sobre el Corán -el libro sagrado del Islam-, preguntando sobre las clases de idioma gratuitas que brindan en el Centro o para ver escrito en un papel, que se llevan luego de recuerdo, su nombre en árabe. Otras, un poco menos amigables, demandan explicaciones con respecto al genocidio armenio o preguntan maliciosamente en qué parte del Corán está establecido que deben inmolarse. Fernando, no obstante, lo toma con calma, y con un poco de resignación también. Trata de enseñar lo mejor posible los fundamentos del Islam a pesar de “las malas interpretaciones que existen por doquier” y asegura que el Corán prohíbe el suicidio. “No permite ningún tipo de violencia”, remarca convencido tratando de hacerme entender que quienes se sacrifican mienten cuando dicen que lo hacen en nombre de Alá.
Su fe proviene de la parte paterna de su familia, su abuelo era sirio. La madre tiene sus raíces en Italia, pero cuando se casó con su padre abrazó el Islam. En diciembre pasado fueron todos a La Meca, otro de los pedidos del Corán para quienes puedan afrontar el gasto (al menos una vez en la vida), y cuenta que fue un viaje único. “No sólo es ver un lugar por primera vez sino que, además, se suma la carga espiritual que es muy fuerte: uno toda la vida reza en dirección a La Meca, y en ese momento estaba ahí”.
Tres millones y medio de personas lo rodeaban pero él debía sólo concentrarse en los objetivos que anhelaba cumplir durante esos cinco días de peregrinación, también ordenados en el libro sagrado. Dormían en campamentos organizados por país y cuenta que afortunadamente estuvieron en invierno porque “el calor humano era impresionante”.
Fernando es muy creyente, defiende todo lo que el Corán dice porque para él Dios te dice todo tal cual es. A cualquier mortal que visite a un enfermo, Alá le prepara un jardín en el paraíso y le designa 70 mil ángeles para que recen por él hasta el amanecer; ni uno más, ni uno menos.
Hay múltiples interpretaciones, es cierto, pero también está saturado de detalles. Si una persona estornuda y dice “alhámdulil–lah”, está expresando su alegría por la salida del mal de adentro suyo. La contestación correspondiente a eso es: “iarhámukallah”, o sea, que Dios te otorgue misericordia y recién termina el diálogo cuando el que había estornudado responde: “iádikumul-láhu wa iúslihu bálakum”, que Dios te guíe por el buen camino y te otorgue paz interior.
Así, hay reglas para todo: para el saludo, para el buen consejo, para asistir a funerales, para recibir invitaciones, para vestirse, para comer y beber, para todo.
Fernando nunca probó el alcohol ni la carne de cerdo porque están prohibidos. Durante un mes al año, llamado “Ramadám”, ayuna -como todo musulmán practicante- desde el alba hasta el ocaso. Pero todo lo que hace por su religión lo justifica de alguna manera: “No es tan grave”, dice y sonriendo confiesa que a veces se come todo lo que encuentra cuando llega la noche. “Lo más duro es cuando cae en verano porque más que hambre tenés sed”, explica. Para el Islam es una forma de desapegarse de lo mundano, de los disfrutes de la vida, porque tampoco pueden tener relaciones sexuales. “Es ponerse en el lugar de otros que son pobres, que no tienen para comer y de esa forma poder entenderlos mejor y ayudarlos a partir de ese sentir. Porque otro de los preceptos es la ayuda a los necesitados, representada a través del Zakat: un 2,5 por ciento de lo ahorrado durante un año; ni más, ni menos.
En el stand 420 sigue pululando gente; miran el televisor del que se oye una lengua rara y graciosa, piden que les impriman su nombre en árabe, preguntan si venden los libros que tienen en exposición y Fernando les dice que no, que los regalan. Para él es un alivio, una carga menos. Le gusta que le pregunten cosas porque sino se aburre, “salvo cuando vienen con mala onda”. “Lo que pasa es que la gente es ignorante”, se queja, pero sigue ahí, firme como si fuera otra de las pautas del Corán.
Cuando retomo el tema de la violencia teniendo en cuenta las interminables guerras vividas por los países musulmanes, él simplemente culpa al petróleo que tienen bajo sus tierras. También hay dos definiciones para esto: en occidente a la “Yihad” se la traduce como la “guerra santa”, en cambio en el Corán tiene que ver con algo más místico, implica una lucha, un esfuerzo pero contra uno mismo.
Pese a que las películas hollywoodenses muestran el maltrato del hombre a la mujer en esa fe, y pese a distintos testimonios que lo reafirman -entre ellos varios relatados en el libro de Ima Sanchís “El don de arder”- Fernando sostiene que la mujer en la mayoría de los casos vive mejor que el hombre, que el único condicionamiento que tienen es el de poder mostrar solamente las manos, los pies y la cara. Que es una manera de disminuir las miradas, las tentaciones y de preservar al matrimonio como la base de la sociedad. “Muchas no trabajan, tienen un pasar cotidiano, las únicas que se quejan de su condición son las mujeres no musulmanas”, fundamenta.
Fernando tiene 26 años y para él la religión no es una fracción de su vida, es un modo de vida. Explicarme a mí los principios de su culto es una gentileza, pero también es parte de lo que indica el Corán.
Natalia López
Publicado por
Vaquitas
en
16:29
0
comentarios
Etiquetas: Exposiciones
miércoles, 31 de octubre de 2007
Vergüenza es robar
El juguete rabioso, la primera novela del escritor argentino Roberto Arlt, es la historia de un joven perseguido por la miseria y el fracaso que busca constantemente salir de la pobreza y cambiar su condición social.
Esta obra se divide en cuatro capítulos que narran ágilmente los pasadizos que recorre el personaje principal en busca de una ocupación que le sirva para ganarse la vida, ayudar a su madre y según sus propias palabras para “ser elogiado por los demás”.
En esa búsqueda constante, el personaje quiere además, hacerse rico como inventor, pero fracasa; al igual que el mismísimo Roberto Arlt. Por esta coincidencia y algunas otras similitudes que el lector puede advertir, el narrador y el personaje principal parecen unificarse en una misma persona.
Roberto Arlt, nació el 2 de abril de 1900 en el barrio de Flores, trabajó como periodista y a los 26 años publicó El juguete rabioso, obra que pronto lo ubicó a la misma altura que grandes y talentosos escritores contemporáneos como Henry Miller y Fredor Dostoievsky, aunque en una versión decididamente porteña.
Escribió Los siete locos y Los lanzallamas, pero sus crónicas Aguafuertes porteñas, que se publicaban semanalmente en el diario el Mundo, lo convirtieron en uno de los autores más famosos y preferidos de nuestros tiempos. Murió de un ataque cardíaco el 26 de julio de 1942.
Era característico en sus obras descubrir que los hechos narrados trascurrían en las típicas calles o lugares de Buenos Aires y que sus personajes eran los característicos vecinos de la ciudad, lo que fácilmente ubica al lector y lo hace participe de la historia.
El hombre común podía leer su propia historia, sus pensamientos, sus miedos y desdichas contados en su mismo lenguaje, pero con la delicadeza y el talento de la pluma de Arlt.
En el juguete rabioso, el personaje principal, Silvio Astier tiene 14 años cuando forma una banda de ladrones que se dedica a robar las casas del vecindario y vender a cambio de unos pocos centavos luces, libros y demás objetos para tener un poco de dinero para sobrevivir.
El “Club de los Caballeros de la Media Noche” es el lugar donde Silvio aprende a robar casi profesionalmente, donde cambia su escala de valores y ve el mundo como un universo lleno de cosas de las cuales se puede apropiar fácilmente.
Sin embargo, esa misma realidad será la encargada de mostrarle que robar no es el verdadero camino. Y darse cuenta de esto le da vergüenza, lo humilla y por poco lo mata.
La vida para Silvio era el tropiezo y la desilusión constante, pero un trabajo como vendedor de papel, le enseñará una nueva manera de enfrentar la vida y de alcanzar su objetivo.
“¿Saldría yo alguna vez de mi ínfima condición social, podría convertirme algún día en un señor, dejar de ser el muchacho que se ofrece para cualquier trabajo?”, esta es la pregunta que a lo largo y ancho de la historia mantiene expectante al lector.
Por momentos, ni siquiera Silvio sabe la respuesta y no hay más salida que dejarse llevar y entregarse a la lectura.
Esta historia nos seduce, entristece, golpea e interroga, pero lo más importante es que nos hace reflexionar hasta el punto final.
Quien decida recorrer las páginas de esta historia encontrará respuestas a medida que lea una nueva línea y podrá concluir y acordar con Silvio Astier que “El hombre honesto no tiene vergüenza de nada, siempre que sea trabajo”.
María Isabel Cingolani
Publicado por
Vaquitas
en
23:45
0
comentarios
Etiquetas: Libros
martes, 30 de octubre de 2007
Retrato de una pasión
Andy Cherniavsky es la fotógrafa argentina que mejor supo transgredir las fronteras y seducir a los grandes diseñadores internacionales con sus campañas. En su estudio de Palermo Viejo asegura que la moda representa las seguridades e inseguridades de los hombres y admite que un amor pasajero con el hermano de Charly García le cambió la vida.
Lleva siempre el pelo peinado tirante hacia atrás. Tiene puesto un pulóver violeta que le cubre hasta la mitad de las piernas y unas calzas negras que dejan al descubierto su delgada figura.
De lejos parecería que quien se acerca es una bailarina clásica, pero sus botas de alta plataforma negra anuncian que muy lejos está de caminar en puntitas de pie.
Deja al costado una enorme campera de cuero y una bandolera. Se acaricia la falda, posa sus manos en la cintura, sonríe y mira a los costados. Está impaciente. Si me dejo llevar sólo por la apariencia también podría confundirla con la guitarrista de una banda de rock. La resultante de esa mezcla rara es Andy Cherniavsky, una mujer, una “perfecta ama de casa”, una fotógrafa del mundo de la música y la moda.
Nuestro primer encuentro es en Callao y Santa Fe, en mi lugar de trabajo. Trajo fotos y videos de sus campañas más importantes. Sin embargo resulta más interesante al escucharla y descubrir que detrás de una consolidada profesional existe una persona comprometida con el medio ambiente y la salud hasta cuando hace nuevos negocios.
“Tengo una fábrica de salteados al wok y ahora estoy por abrir mi cuarto local. Hago esto no porque necesite ganar plata sino porque desde mi humilde lugar quiero darle de comer sano a la gente”, dice Andy mientras por primera vez me mira detenidamente a los ojos. Al instante me confiesa que cree que su futuro está en la gastronomía, pero que nunca dejará de lado su pasión por la fotografía y la jardinería.
“Tengo que sentir mucho entusiasmo e interés por el trabajo porque sino me aburro. Estos dos laburos tienen todo lo que a mí me gusta”, cuenta. Luego abre su bolso y saca un cd, varios cables y una computadora portátil. En cuestión de segundos conecta uno se esos cables de su notebook al proyector de la oficina. Se maneja sola, se mueve constantemente. Corre las cosas del escritorio de un lado al otro como si cada objeto debiera ubicarse en el lugar perfecto o indicado.
Es muy inquieta y lo reconoce: “Soy tremendamente activa, no paro. Tengo que obligarme para quedarme quieta aunque sea sólo un segundo”. Es así tanto en el trabajo como en su vida personal y esta característica, que para muchos podría ser un defecto, para ella es una virtud. “Cuando empecé como fotógrafa hacía todo, corría los muebles, compraba las prendas, revelaba y retocaba las tomas. Creo que mi estilo exigente me diferenció del resto”, asegura.
Casi sin hacer una pausa, enciende la pc y vemos unas cuantas imágenes. Entre ellas está Leticia Brédice envuelta en la cortina de su baño.
A partir de esta foto ella contará que un curso de fotografía que hizo durante tres meses le dio un rumbo nuevo a su vida.
“Aunque ahora crecí como profesional me sigue gustando estar hasta en los más mínimos detalles. Todo tiene que pasar por mi ojo y mi lente”, bromea y sin admitir silencios pasa de un tema a otro: “Miro ese cuadro y estoy pensando dónde ubicaría a la modelo para que quede bien. Qué ropa le pondría, de qué color, absolutamente todo”.
Andy es obsesiva, le encanta trabajar en lo que más le gusta y aclara que nunca le dice que no a un cliente. “Pienso que todo trabajo es un desafío y que puede aportarme algo nuevo”, afirma.
Ella dirá que la gastronomía y la fotografía son dos rubros que la eligieron a ella, y que creció en el ambiente del rock porque su padre era manager de Miguel Abuelo y Moris, entre otros músicos. Sin embargo, una relación con un compañero de la secundaria la llevó por un camino que jamás hubiera recorrido. Por ingenuidad y por la fuerza del destino, terminó al lado de las mismas bandas del rock nacional que su papá manejaba.
Quedamos en seguir conociéndonos, pero esta vez en su lugar de trabajo. La cita sería en su estudio ubicado en Palermo Viejo. Pensé que sería en la parte fashion del barrio, conocida como Palermo Hollywood, pero me equivoqué. En la cuadra estaban las típicas vecinas que salen a barrer la vereda y los taxistas que estacionan para descansar y comer un sándwich antes de seguir con su jornada laboral. Se me viene a la mente la voz de Charly García cuando dijo: “¡Qué Palermo Hollywood, esto es Palermo Bagdad!” Y aunque las veredas de Castillo al 600 no están tapadas de escombros ni se escuchan bombas a lo lejos como en Irak, en el ambiente hay tanto polvo flotando de una construcción lindera que se pueden contar cuántos pares de zapatillas pasaron por ahí.
Apenas entro, el recuerdo de Charly se hace cada vez más presente. Veo una foto suya en el palier. Al lado otra de una mujer semidesnuda y varias de modelos.
Andy es muy abierta, no tiene problemas en hacer cualquier tipo de toma artística. Sin embargo, hay momentos en que no es tan permisiva.
-¿Lo seguís viendo a Charly?
-Muy poco. A veces lo extraño y me da cosa no poder invitarlo más a mi casa. Él tiene una vida muy agitada y yo tengo una hija y me levanto a las siete de la mañana. Es muy difícil estar con un personaje que de repente cae a las tres de la mañana a tu casa y te rompe todo. Eso sí que no me lo puedo permitir.
La amistad con Charly García comenzó cuando ella se puso a salir con su hermano. Poco a poco conoció detrás de escena a la estrella del rock que escuchó durante toda su adolescencia.
“Su música era la mejor forma de expresarse sin ser un guerrillero o estar militando bajo alguna bandera política. Su presencia fue decisiva en mi elección de vida y de profesión”, explica.
Durante la última dictadura militar en la Argentina, Andy perdió a su hermano. Sus padres se exiliaron en Brasil amenazados por la Triple A y ella se fue a Europa. “Me quedé sola”, confiesa. Baja su mirada, admite el primer silencio de la charla sólo porque le cuesta recordar ese pasado, remover ese dolor. Se repone en tan solo un instante, pero cambia la vista constantemente como para que no me de cuenta de que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Cuando su familia volvió a Buenos Aires, la amistad con Charly se hizo cada día más fuerte. Tanto que hasta lo llevó a vivir a su propia casa. Esta convivencia fue el puente que la llevó a buscar una ocupación durante las interminables noches de recitales a los que iba.
-¿Cómo se te ocurrió dedicarte a la fotografía?
-No quería estar al pedo, quería participar de alguna manera en el show. Entonces, se me ocurrió que podía colgarme la misma cuerda que usaban los músicos para sostener la guitarra para sostener mi cámara de fotos -contesta, mientras revuelve el cajón de su escritorio.
Al poco tiempo conoció a Gabriel Rocca, con quien trabajó 18 años en sociedad. Hoy comparten el mismo lugar de trabajo, pero tienen proyectos diferentes.
“Gaby es como mi hermano, es un cacho de mi cuerpo. Nos conocimos cuando él trabajaba para la revista Pelo y yo para Rock and Pop”, recuerda. Ambos construyeron un dupla inseparable. Juntos llegaron a diseñar tapas de discos, producciones para TV y cubrir cientos de shows en vivo. Pero un día el mundo del espectáculo los agotó: “Estábamos en el recital de Amnesty y nos dimos cuenta que para sacar una buena foto nos teníamos que bancar de todo. Golpes, patadas y escupitajos”. A partir de ese día incursionaron en un nuevo mundo, el de la moda.
“Hay un punto donde los rockeros y las modelos se unen. Sino por qué será que cuando se hacen conocidos empiezan a salir entre ellos”, dice entre risas. Aunque parezca mentira Andy tiene esta improvisada explicación para dar, pero como sabe que es insuficiente se reclina en su asiento y en una posición firme asegura que la manera de vestirse de las personas tiene mucho que ver con el estado de ánimo.
-¿Cómo surge el interés por la moda?
Piensa, se queda callada, mira la biblioteca que tiene al costado como si en alguno de esos libros estuviera la respuesta.
-La moda representa para mí todas las seguridades e inseguridades que tenemos adentro. Por algo es que la camiseta es un ícono que nos muestra la lucha, la perseverancia y la responsabilidad. Cuando nos dicen Fulano se puso la camiseta, ¿qué otra cosa significa sino es que uno está comprometido con algo? –sostiene.
Cuando nos estamos por despedir caigo en la cuenta de que Andy tiene tres camisetas superpuestas. Una blanca, otra celeste y encima otra cortita con estampado militar.
Ahora entiendo por qué me hablaba tanto del compromiso social que siente hasta cuando abre un nuevo local de comidas, cuando habla de su familia, de la música en la época de la dictadura y de lo importante que es para ella hacer lo que más le gusta, aunque no pueda quedarse quieta ni un rato.
Se levanta, arma un pequeño bolso con una cámara digital, unas cuantas baterías, un mp3 y un anotador.
-Sé que soy una mujer orquesta, pero me gusta serlo- reconoce.
Entonces, junta sus cosas y se va directo al estudio porque la espera toda una tarde de trabajo entre maquillajes, mujeres de cuerpos delgados y esculturales que quieren ser retratadas por su apasionada lente.
María Isabel Cingolani
Publicado por
Vaquitas
en
22:00
0
comentarios
Etiquetas: Personajes
martes, 25 de septiembre de 2007
Mex Urtizberea: Lo único que quiero es divertirme hasta el final
Los anaqueles que el hombre de la seguridad había mencionado bien podrían haber sido cualquier otra cosa menos eso, anaqueles. El aspecto dejado de los estantes de chapa verde y su contenido –vaya a saberse qué recuerdos de la pantalla chica de otras épocas albergaban– hacía suponer la existencia de una deuda de reforma al lugar.
Doblé. El corredor sombrío e infinito se abrió entonces a otro de espacio aún más amplio y plagado de luz natural. Estudio uno. No. Estudio dos. No –y pienso qué pasaría si ingreso mientras recuerdo las palabras del hombre de la entrada-. Estudio tres: en el aire. Así lo advierte la luz roja detrás de esas tres palabras. Me olvido del guardia, del frío, del gris estatal y entro al set de Mañana vemos, el magazine informativo que Mex Urtizberea conduce desde noviembre de 2006 junto a Carla Czudnowsky.
La voz y el piano de Mex improvisan un chamamé que los cinco músicos de la banda ubicada prolijamente detrás del “músico, actor y humorista” –como acusa la biografía de su página Web– acompañan a la par en sintonía con las ocurrencias de la personal melodía. Viste un trajecito azul a rayas grises, una camisa haciendo juego, una camiseta roja debajo de la camisa y zapatillas verdes tipo All-Star que marcan con insistencia firme sobre el piso del decorado el ritmo de la música.
Ignacio Mex Urtizberea nació hace casi 47 años, el 25 de octubre de 1960. Ya desde chiquito sabía que quería seguir los pasos del francés Jacques Tati, Buster Keaton y Charles Chaplin. “Pero admito que Keaton era de una genialidad que todavía hoy me resulta maravillosa”, dirá tres horas más tarde en el camarín con una sonrisa en el rostro, observando fijamente a la nada.
Mañana vemos es, a esta hora del día, las 10:30 de la mañana, un auténtico desfile de rarezas. Además de las treinta personas que se reparten detrás de escena entre el director, el asistente del director, productoras, los asistentes de las productoras, cameramans, sonidistas, personal de utilería y los cinco reidores profesionales que alborotan el ambiente, el diminuto estudio recibe, primero, a un grupo de alumnos del Colegio Santa Brígida que está de visita por diez minutos –los suficientes como para crispar los nervios de las productoras–; más tarde, a un hombre con un cachorro Golden Retriever de tres meses que revoluciona la atención de todos; luego, a un chico con una motocicleta que será sorteada en instantes y, por último, a una señora coqueta de Barrio Norte que quiere saludar a Fanny Mandelbaum (también columnista del programa).
A pesar de las rarezas, que son también las que enriquecen, el ambiente es de muy buen humor y se percibe cierto empuje que Urtizberea –de ahora en adelante, Mex– no deja de valorar y proponer a sus compañeros. “Me divierte. En este proyecto conocí a un montón de personas a quienes hago jugar y participar, y que entran inmediatamente en ese lenguaje. Eso, para mí, es un logro fundamental. Son tres horas de programa y sí, hay detalles y miles de cosas que modificar, que veo que faltan retocar, pero que a su momento se resolverán, y eso me gusta porque es como seguir viviendo y le va dando cierta biología al proceso que uno hace. Todo tiene más potencia cuando el otro, el público, sabe de lo que estás hablando, y eso está bueno”.
Y es que el humor de Mex, o su arte, si se quiere, se gestó de una manera bastante particular. A los veinte años, formó parte de la mítica e injustamente olvidada agrupación Músicos Independientes Asociados (MIA), al tiempo que un joven Lito Vitale le daba clases de batería. Pero fue papá Vitale, Rubens Marco, quien a través de sus clases de piano, composición y armonía, se convirtió en “el gran maestro de mi vida y mi gran padre artístico”, según recordorá en momentos más el humorista.
Después de tres intensas horas de programa, el reloj marca las 13 y, puntualmente, las luces del estudio se apagan. También lo hacen los televisores, las cámaras, los micrófonos y la música. Y como hormigas que huyen ante la amenaza de un pie aniquilador, todos y cada uno de los que estaban hasta hace un momento rodeando al conductor desalojan el lugar para que a las 13:05 sólo queden Mex y un representante del canal discutiendo sobre la escasez de recursos para mejorar determinadas cosas en el programa.
Ya en su camarín, con fiebre debido a una gripe que se niega a abandonarlo, Mex y su metro sesenta y tres se hunden en un destartalado sillón de cuerina marrón. “Estoy preparado para sonarme los mocos”, suelta sin timidez. “Soná tranquilo”, respondo. Dubitativo, mira sin ganas el pañuelo de papel que tiene en su mano derecha, mira después el resto de una galletita de arroz a medio comer en la izquierda, y se decide por darle un mordiscón a esta última, mientras las migas llueven sobre el saquito azul a rayas.
Mex, que nunca pensó lograrlo, aunque siempre fantaseó con la idea de convertirse en uno de esos personajes que veía en el cine, asegura que todavía hoy juega a ser un antihéroe, un galán algo fracasado, o el gracioso de la película. Entre sus referentes “disfrutaba mucho con los uruguayos de Telecataplún -que tenían ese concepto grupal de hacer humor-; me encantaban (Alberto) “El Negro” Olmedo, (José) “Pepe” Biondi, Dringue Farías, Carlitos Balá, (José) Marrone y tantos otros. Hoy por hoy, me divierte (Alfredo) Casero y todos los chicos que trabajaron conmigo: (Diego) Capusotto, (Fabio) Alberti, (Pablo) Cedrón. Todos ellos me parecen tipos tremendamente talentosos”.
“Cuando se disuelve MIA, anduve cantando o haciendo improvisaciones con la voz. Era todo instrumental; no había letra, las canciones estaban vacías. Y decía cualquier cosa mientras cantaba… sa-ra-te-ra-ba-ta-sí… de ese estilo. Me encantaba y todo eso me daba la posibilidad de generar una actuación, pero, de alguna forma, esa actuación quedaba ahí. Fue recién cuando toqué en el Parakultural que me vio Casero, quien me propuso lo acompañe con el piano en De la Cabeza”, explica.
Hablar de estos primeros pasos, significa hablar primero de su época en ese Parakultural, un emblema de la movida artística posdictadura que engendraría actores de la talla del fallecido Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese, las Gambas al Ajillo, Casero y Carlos Belloso, para nombrar a algunos. “Estuve en la segunda etapa, cuando el Parakultural se había mudado a la calle Chacabuco. Había cosas que eran muy buenas, pero había otras que eran horribles. Era una época en que todo tenía que desbordar, en la que parecía que después de los gobiernos militares uno quería ver vómitos. Artísticamente había cosas muy buenas, pero significaban el 20 por ciento. Lo demás era nada. Siempre digo que ahí ví a un tipo cortarse las venas en vivo, o a otro meterse un pescado en el orto, y la gente se deslumbraba. Podía ser efectista para algunos, pero el espectador se iba vacío; no se llevaba nada”, comenta.
Con el salto a la pantalla chica en 1992 de la mano de Casero, inmediatamente después crearían junto a Alberti el inolvidable Cha-Cha-Cha, ese reducto de humor descabellado y amor por el absurdo que marcó a la generación de jóvenes de los ’90. El enamoramiento con Casero pareció llegar a su fin en el 1994 cuando “dejé todo y me puse a armar el piloto de Magazine For Fai”, que se emitía por la señal de cable Cablín. El repentino alejamiento del programa y de los ensayos de la Halibur Fiberglass Sereneiders -grupo musical que compartía también con Casero- casi les cuesta la amistad, que sólo cinco años más tarde pudo ser recobrada.
Con For Fai, Mex tendría la oportunidad de trabajar con su hija, Violeta, quien por entonces rozaba los nueve años. “Violeta es bárbara, es genial. Es mi hija y no quería para ella la locura de la televisión, pero hicimos el piloto y, como faltaba gente, le dijimos: ‘¿Querés venir?’, pobrecita, tan chiquita. Pero estuvo bárabara. Violeta es hoy una actriz maravillosa”, se deshace en halagos y agrega que de For Fai salió también Julieta Zylberberg, quien hoy lo acompaña en Mañana vemos, en el papel de “Dolores de Luca”, una cheta de veintipico que no sabe hacer nada, pero que logra todo lo que quiere porque es “la hija del dueño”, aunque no queda muy claro quién es el dueño ni de qué lo es.
“En el ‘99, en tiempos de las elecciones que ganó (Fernando) De la Rúa, hicimos el For Fai Presidente, pero duró cuatro fugaces meses. “Duró cuatro porque, si bien había originariamente un gerente al que le encantaba, después vino otro que odiaba el programa, a los pibes, y pensaba que éramos horribles. Quería poner minas en bikinis y hacer algo para que subiera el rating, cambiar el horario de emisión, que esto que lo otro, y yo me planté y dije: ‘no, es así, es For Fai. Es así o no se hace más’. Me hice el rebelde, y se ve que funcionó porque me echaron. Tuve mi merecido”.
El cambio de siglo le trajo a Mex la posibilidad de participar en creaciones artísticas dentro del cine, a través de Valentín y Un mundo menos peor, dos películas de Alejandro Agresti. También ideó junto a Gastón Portal Medios locos, otro magazine delirante de medianche en el que compartió escena con el ya fallecido Adolfo Castelo, Gillespie, Marcela Pacheco y Gisella Marziotta; publicó el libro Crónicas masculinas y se paseó por innumerables programas radiales, entre ellos, Tarde piaste, Animados y Lo que el aire se llevó, espacio del éter que lo vio conducir un ciclo junto a su padre, Raúl, un periodista de profesión.
Queda poco tiempo para que Mex ingrese nuevamente en el estudio para grabar un sketch que utilizarán al día siguiente. Su esposa desde 2003, Carolina “Carito” Santos, quien lo ayuda con la columna semanal en el diario La Nación y en la producción de Mañana vemos, entra al camarín para traerle una aspirina y decirle que lo quiere. La fiebre no pasa, pero el hombrecito no se desanima porque, explica, hace lo que más le gusta, y eso es, según asegura, divertir a la gente.
“En el humor se ama o se odia”, sentencia mientras baja la aspirina con un sorbo de agua. “Uno tiene censura personal, lógica. No voy a joder a nadie por su credo, por ejemplo, o porque sea discapacitado. Todas las cosas que a mí me duelen, sobre ellas no bromeo. No me gusta burlarme del otro, y es muy difícil hacer este otro humor, porque es un humor donde no te burlás, donde no le hacés una cámara oculta a alguien y te cagás de risa de su desgracia. A mí eso no me hace gracia. Me duele. Me siento mal cuando veo que alguien la está pasando mal. Eso es morbo, no es humor”, dice antes de estornudar. Diez minutos más y Mex deberá estar sin falta vestido con el guardapolvo blanco entallado (Carito le explicó que en utilería no consiguieron otra cosa más que un guardapolvo de mujer) en el set de grabación. Mientras se viste, en medio de una tos incesante y algún mordisco más a esa galletita de arroz abandonada, agrega: “uno está en la resistencia, y trata de hacer cosas desde la resistencia. Soy un muchacho que, con este tono así enfermo, triste y cansino, está cada vez más contento, porque estamos de paso en la vida, y lo único que quiero es divertirme hasta el final”.
Publicado por
Vaquitas
en
13:25
1 comentarios
Etiquetas: Personajes
La Mami
*Una historia dentro de la Feria Internacional del Libro 2007*
"No me permiten hablar con la gente, así que pasá por acá”. Y pasé nomás. “Acá” era un baño de unos dos metros de ancho por uno y medio de largo. “La oficina”, como entre las dos lo apodamos, contaba con una silla y un inodoro, y estaba perfumado con un muy especial aroma a pis y a desinfectante.
María Jiménez es una mujer baja y de mediana contextura. Tiene 49 años y usa un uniforme bordó y blanco con la inscripción Pulire en un bolsillo del frente. Es empleada de limpieza y su sector de trabajo es un baño. Uno de los ocho que tiene el predio ferial La Rural, donde cada año se lleva a cabo la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y que se encuentra entre las salas María Esther de Miguel y Roberto Arlt, del Pabellón Ocre.
“Tuve una vida difícil”, admite enseguida. Y una catarata de palabras comienza a fluir por su boca. “No conozco a mis padres y a una de mis hermanas la encontré en el programa Gente que busca Gente hace como diez años”, cuenta casi sin respirar. Mueve las manos a gran velocidad. Cada frase, cada idea que pone en palabras la acompaña con exagerados movimientos de sus manos regordetas con uñas largas y muy cuidadas. Cuando hace una pausa en su discurso, las junta, sus dedos se entrecruzan por unos segundos y tras una corta pero intensa lucha, vuelven a liberarse.
Afuera de la “oficina”, se escuchan voces de todo tipo. Dos adolescentes se critican la ropa y hablan de ese chico que tan bien las atendió en el stand de la editorial Sudamericana. “¿Viste sus ojos?”, dice una antes de comenzar a reír algo frenéticamente.
“Escuchás este tipo de conversaciones a diario. Las mujeres desahogan sus preocupaciones, intrigas y hasta el llanto en el baño. Una vez llegó una promotora de unos veinte años llorando. Estaba tan afligida que sólo atiné a abrazarla. Luego le hablé por varios minutos. Le dije que no había que gastar lágrimas en hombres, que no se lo merecen. Logré calmarla. Esto fue hace unos dos años y todavía, cada vez que viene, me pasa a saludar y me agradece por ese abrazo”, relata con una gran sonrisa, antes de agregar: “Muchas personas me han dicho que tengo algo especial, que transmito sabiduría. Yo no tenía idea de la razón por la que lloraba, pero lo intuí y la aconsejé”.
Este año, la Feria recibió a algo más de 1.200.000 visitantes, según los organizadores. Calculando que más o menos la mitad son mujeres y que de ellas gran parte va por lo menos una vez al baño y sabiendo que son sólo ocho, podemos deducir que unas 30.000 mujeres pasaron por “el sector” de María. “Son raros los momentos en los que el baño está casi vacío.
Normalmente hay largas colas y yo tengo que andar resolviendo conflictos cuando alguien quiere colarse”, admite. Y agrega: “Pero no me molesta, ya estoy acostumbrada. Una vez una señora me dijo `Te felicito por el baño limpio y tu paciencia, se nota que sabés manejar a la gente´. Yo creo que tenía razón, si bien no cuento con gran educación, me considero una persona sabia, que supo aprender de todo lo malo que me pasó”.
María nació en Tucumán y perdió a su familia cuando tenía tres años. Sus padres murieron en un accidente y sus hermanos fueron “repartidos” entre familiares, amigos y desconocidos. Ella fue criada por una familia que nunca le reveló la verdad. “Mi mamá me trataba muy mal. Me hacía trabajar con los animales, me retaba por todo y no me dejaba comer con ella y mis hermanos cuando mi papá no estaba en casa”, cuenta mientras su mirada se fija en el techo del baño. Vivió con ellos en el pueblo tucumano Los Puestos, muy cerca de la frontera con Santiago del Estero. No entendió el desprecio de su madre hasta que a sus 14 años un tío que estaba por morir la llamó por teléfono. “Me dijo que no quería llevarse un secreto a la tumba y me confesó que yo no pertenecía a esa familia – relata mientras una especie de nube gris comienza a modificar el marrón de sus grandes ojos - Se me vino el mundo abajo. No sabía que hacer y me fui de casa con un novio que tenía. Así llegué a Buenos Aires”.
En la capital argentina crió a sus seis hijos: Silvia Rosa, Irma Mariela, Sofía Lorena, Alberto Antonio, Jonathan Fabián y David Hernán. Al principio contaba con la ayuda de su marido, pero luego descubrió que ese joven que la había traído tan lejos de su casa se había convertido en un monstruo. “Sentía un constante maltrato de parte de él, lo aguanté hasta que un día me pegó una patada en el estómago y terminé muy grave en el hospital”, cuenta. Poco después de ese ataque él se fue con otra mujer y los dejó sin nada. “Se llevó todo lo que teníamos, la plata, el coche. Incluso le compró una casa a la otra mujer”, indica.
La frase que María había dejado caer al principio comienza a tomar forma. Su relato sustenta esa idea original de una vida difícil. “Sufrí muchísimo, pero yo me digo que antes vivía en río turbio y ahora, en la claridad que me da la sabiduría”, dice. Pero no sólo lo dice, lo gesticula lentamente con sus labios pintados de un rosa tostado y su dentadura, en la que algunos huecos delatan la falta de cuidado. Sabe que la frase sirve, que resume lo que piensa y la repite dos veces más. No quiere dudas.
- ¿Cómo fue el encuentro con tu hermana?
- Maravilloso. Yo entré por la puerta que había en el programa y me desmayé de la emoción. Me impresionó que fuera tan parecida a mí.
- ¿Recordaba ella algo de tus padres?
- Sí, bastante. Ella es mayor que yo así que pudo decirme algunas cosas. En realidad fue ella, Haydés, la que me contó todo lo que sé de mis padres.
- ¿Seguís viéndola?
- Sí, es re buenísima. Me adora y su familia también.
- ¿Conociste a tus otros hermanos?
- A otros dos sí, pero sé que hay por lo menos tres más viviendo en Tucumán, Córdoba y Mendoza, que aun no pude ver.
El ruido de la mochila del inodoro del baño de al lado al vaciarse interrumpe la charla. Por el espacio que queda entre el panel que divide ese del nuestro y el piso se puede ver que hay alguien cambiándose. Unos pies se mueven constantemente y de una mochila apoyada en el piso sobresale la cintura de un pantalón. “Debe ser una promotora”, arriesga María y aclara que suelen cambiarse allí a las apuradas para llegar en horario a atender los stands en los que trabajan.
En esta versión de la Feria del Libro, la número 33 hubo un total de 1.580 stands de medios de comunicación, editoriales, librerías, fundaciones, organizaciones y embajadas. Es el mayor número desde que se inauguró la primera en 1975 y hay una justificación lógica: este año la feria contó con un total de 45.000 metros cuadrados.
María trabaja desde las 10 de la mañana hasta las once de la noche encerrada en un baño que no tiene más de 60 metros cuadrados. “A veces, cuando sé que los inspectores no van a venir, me escapo un ratito para respirar aire puro. Son muchísimas las horas que paso acá adentro”, asegura. Su horario de trabajo es de trece horas diarias. Entra a las diez de la mañana y sale algunos minutos antes de las once para poder alcanzar el tren que la lleve hasta su casa, en José C. Paz. Vive sola allí, luego de que su marido regresara hace algo más de un año a vivir en su casa con los dos chicos menores. Los otros cuatro se casaron y se fueron hace un tiempo. “Tenía miedo de que pasara lo mismo que en el pasado y preferí irme yo. Él está muy enfermo de cáncer y no pretendo dejarlo en la calle, pero tampoco quiero estar bajo el mismo techo”, aclara mientras sus dedos acomodan un mechón de cabello que se soltó del tirante peinado hacia atrás. En la parte superior de su cabeza, unos mechones blancos interrumpen el marrón chocolate de su cabello. “Luché muchísimo por darles a mis hijos lo que yo nunca tuve y creo que logré educarlos bien. Mi mayor logro es saber que me quieren y que confían en mí. Me cuentan todo, hasta cuando meten la pata”, dice inflando el pecho. Hace una pausa y continúa: “Nunca van a decir ‘Mi mamá me maltrató’”.
“Mami, Mami”, grita una chica desde afuera mientras golpea la puerta del baño en el que estamos. María la invita a entrar. Es una de sus compañeras. No tiene más de 25 años, habla apurada y no deja de sonreír. Quiere avisarle a que posiblemente haya paro de colectivos a la noche. Van a tener que salir corriendo para no perder el tren. “Quedate tranquila que no me quedo ni un minuto más de lo que debo”, la tranquiliza. La chica vuelve a sonreír y se va rápidamente.
“Me llevo muy bien con todos los chicos que trabajan acá; en especial con los más jóvenes. Muchos me llaman ‘la Mami’ y me cuentan cosas que no suelen hablar con sus padres”, cuenta María y se apresura a agregar: “yo saqué a muchos de la droga. Cuando los encontraba fumando o algo así los agarraba y les decía que se estaban matando, que se fijaran en las amistades, que así no iban a llegar a ningún lado. Hoy me lo agradecen, saben que los salvé”.
Es ese “algo especial” que asegura tener lo que la llevó un día hasta una de las iglesias evangelistas. “Voy muy seguido a la iglesia, a la común digo, pero cada tanto me acerco a esas para hablar con los pastores”, afirma. “Yo vi lo que iba a pasar en las Torres Gemelas antes de que sucediera y lo hablé con uno de los ministros. Luego ayudé a una chica en silla de ruedas. La miré fijo y le grité que ella podía pararse, que lo intentara, y lo hizo”, relata. Y cuenta muchos más ejemplos. “¿Viste la cantidad de extranjeros que suelen venir a esta Feria?”, me pregunta y antes de dejarme contestar continúa: “Bueno, muchas veces me encontré hablándoles en el mismo idioma que ellos, comprendiendo perfectamente lo que me decían. Son idiomas que nunca aprendí. Apenas llegué hasta séptimo grado de la escuela”.
“¿Hay alguien ahí? ¿Está ocupado?”. Una voz chillona que hacía recordar a la fantástica Niní Marshall en su papel de Catita preguntaba con insistencia. Era evidente que la urgencia de sus necesidades fisiológicas la estaban poniendo nerviosa. Como dos niños que se acababan de ratear, María y yo permanecíamos en silencio. En mi mente se repetía una y otra vez una frase que me había dicho unos diez minutos antes: “Los inspectores nos vuelven locos. Pasan al menos una vez al día y nos retan por cualquier cosa”. No quiero ponerla en problemas así que hago silencio. Finalmente, y tras la interminable lista de preguntas de la voz chillona, María decidió responderle un seco y terminante “Ocupado”.
Está sin dudas más interesada en continuar hablando de sus creencias que en calmar a la agitada dueña de esa voz. “Ahora estoy leyendo la Biblia y me sorprendo todo el tiempo porque ahí predicen las cosas que ahora pasan. La gente muriéndose de hambre, la avaricia, la muerte. Todo está en ese libro, es increíble, hay que leerlo”, aconseja.
La conversación llega poco a poco a su fin. Entre risas, me confiesa que no le cuesta hablar, que siempre fue de decir todo lo que pensaba. Yo asiento y ella lo refuerza con palabras: “A veces no me doy cuenta y abro el micrófono de mi corazón. Comparto mi vida con los demás, con la esperanza de transmitir este amor a la vida que mueve mi mundo”.
Al salir, la voz chillona se materializó rápidamente en una señora de unos setenta años de edad que miraba sorprendida cómo de un mismo baño salíamos dos personas. “¿Se puede usar?”, preguntó cuando la urgencia le ganó finalmente al asombro. “No”, contestó María. Fin del diálogo. ¿La señora? Seguía en la fila cuando me fui y la Mami se metió apurada en otros de los baños con un tarro de desinfectante en una mano y un trapo en la otra.
Pamela Altieri
Publicado por
Vaquitas
en
8:34
0
comentarios
Etiquetas: Exposiciones
sábado, 1 de septiembre de 2007
Memorias sin final
Fabián Casas
Santiago Arcos Editor
Se nota apenas uno empieza a ojearlo. El relato roza lo autobiográfico, si es que no lo es puramente. Admite haber cambiado algunos nombres para conservar cierta privacidad pero sus sustitutos no hacen más que ayudar al lector a imaginar el entorno del escritor durante su infancia, su adolescencia y su adultez. Así divide su libro: siete cuentos y un apéndice que permiten entender, quizás, cómo Casas se convirtió en lo que es.
Tan poca imaginación tiene que el personaje que encarna en el relato se llama Andrés, su segundo nombre. La realidad es que Casas no necesita de esa condición de la que carece porque si hay algo que, al parecer, mantiene intacto, es su memoria. Y con ella es más que suficiente para narrar estas historias de una manera tan simple como atractiva. Historias que se entrelazan mediante la continuidad de los personajes que, también, van cambiando y creciendo con él.
El Gordo Noriega, el Tano Fuzzaro, la Gorda Fantasía, Norman, los hermanos Dulce, el japonés Uzu, Chumpitaz son algunos de los protagonistas que integran sus cuentos, pero es en Máximo Disfrute –“su maestro, su amigo, su mentor”- en quien deposita el eje que une al resto. Su nombre lo dice todo: Máximo Disfrute.
Es él quien le enseña qué es un adulto, la palabra “chabón”, qué los padres cojen y que hay cosas que son “pulenta”. También es quien lo emociona cuando una noche explica –con un aire de arrogancia-: “Boedo queda donde estemos nosotros”.
Casas sencillamente causa ternura. Desde que habla de su primer amor en la escuela primaria hasta cuando describe el tono de la piel de uno de los novios de su madre: color cinta scotch.
En los primeros cuentos queda pendiente un cierre, pero después se descifra que hay una secuencia y que no existen los finales en su obra narrativa. Quizás en eso radica su encanto, en dejar al lector con ganas de más.
Inventa un lenguaje propio que está en clave con el toque de humor. Antes de un extenso párrafo, Casas anticipa: “…me rapeó un largo monólogo”. Son ciertas palabras y algunos pequeños detalles que ayudan a construir una época llena de recuerdos: “Soy un Travolta de chocolatín Jack”. ¿Sabrá alguien en un par de décadas el mito alrededor de esa golosina entrañable? Casas intenta inmortalizarlo y es probable que lo logre.
El autor nació en 1965 en el barrio de Boedo y todo lo que escribe remite a ese hecho. Hace no mucho tiempo explicó que él considera a la invisibilidad una cualidad y que a las personas o a las cosas se las encuentra cuando se las necesita. Y eso pasa con este libro y con sus finales sin final, son invisibles hasta que se vuelven necesarios.
Y los lemmings… los lemmings existen de verdad: “son unos animalitos parecidos a las nutrias que vivían en las madrigueras en el Ártico y que, de golpe y sin motivo, se tiraban de cabeza por los acantilados, suicidándose…”. Lo dice en la página 19, casi al final sin final del primer cuento.
Publicado por
Vaquitas
en
20:52
1 comentarios
Etiquetas: Libros