jueves, 8 de noviembre de 2007

Paula Quiñoa: "El tango me llevó por el mundo"



Después de los aplausos vino el silencio. Ella tenía que deslizar en el piano las primeras notas de “Fuga y misterio”, un tango de Astor Piazzolla que ya había tocado muchas veces, pero que allí, en Paquistán, nunca nadie había oído. Se acomodó en el banquito, dio un suspiro profundo y permitió que aquella melodía entrañable guiara una vez más a sus manos de largos dedos finos, en ese escenario lejano.

No le fue mal. Los músicos la siguieron y no tardaron en llegar la ovación, la milonga y las palmas de un público de 2.500 paquistaníes delirantes. “La gente nos aplaudió como si fuéramos los Rolling Stones”, se emociona Paula Quiñoa, integrante de Conexión Tango, un trío de músicos argentinos que triunfa en el mundo. Un año después de su participación en el “World Performing Arts Festival”, en aquel país de Oriente Medio, Paula se presenta con su banda de jueves a domingo, en la Rambla de Barcelona, la ciudad española donde vive desde 2002.

Pero la historia de esta muchacha, que hoy recorre latitudes con partituras de tango debajo del brazo, comenzó hace 26 años, en el barrio de Floresta, en la ciudad de Buenos Aires. Hija de Franca y de Luis, nació el 1º de mayo de 1981, cuando sus hermanos Gabriela y José Luis tenían 5 y 3 años. Después llegarían Rosana y Silvia, sus dos hermanas menores.

“Ellos cuatro siempre fueron siempre mi debilidad. Creo que el amor a un hermano es indestructible”, cuenta Paula.

Cursó la escuela primaria y la secundaria en un colegio de monjas, el Espíritu Santo, que queda en su barrio. Desde muy chica tomó clases de piano. “Mi profesora me llamaba ‘terremotito’, porque nunca me quedaba quieta”, recuerda.
Reconoce que fue una niña revoltosa y creativa, y que más tarde se transformó en una adolescente rebelde. “Nunca me callaba, siempre tenía algo para decir y no aceptaba un ‘no’ por respuesta”, asegura. Esta actitud la relaciona con la rectitud de su padre, quien siempre intentó inútilmente ponerle límites a su accionar. “Mi rebeldía radica en la necesidad de medirme con mi padre, en la necesidad de confirmar que no necesito de su convicción sino de la mía para hacer las cosas”, sostiene.

Suficiente convencimiento debió tener para echar por tierra todos los mandatos familiares y, a sus 20 años, irse a España para vivir de la música. “En esa época yo estudiaba Abogacía. Quería dejar la carrera, pero mi familia me presionaba para que siguiera. Un día le llevé un 10 en Derecho Civil a mi papá y le dije: ‘Te das cuenta de que tonta no soy, pero no quiero dedicarme a esto’. Y no me discutió más”, recuerda.

La decisión de irse del país la tomó junto a su novio, Ricky Schneider, guitarrista, con quien más adelante formaría Conexión Tango. Se conocieron en octubre de 2001, cuando ella tenía 19, y él, 37. “Cuando lo vi por primera vez, supe que él era el hombre de mi vida”, lanza Paula. “Una vez me preguntó: ‘¿Qué cosa no dejarías de hacer si te ganaras la lotería?’ Yo le respondí que no dejaría de tocar el piano, de hacer música. Entonces, me di cuenta de que quería yo misma decidir sobre mi vida, sin que nada ni nadie me condicionara. Así fue como quise ir con él a probar suerte a Barcelona”, cuenta.

En un principio, Paula y Ricky tocaban jazz. Pero, de a poco, el tango terminó por conquistarlos definitivamente. “Yo me enamoré del tango, y este género me mostró todo su universo… Me empezó a llevar por el mundo”, se alegra. Con Conexión Tango, Paula se presentó en escenarios y festivales de Roma, Milán, Salerno (Italia), Toulouse (Francia), San Sebastián, Tarragona, Alicante y Barcelona (España), Lahore (Paquistán) y por supuesto Buenos Aires. Además, próximamente actuará en Rumania, Escocia e Inglaterra.

“Estando en Barcelona extraño a mi familia, a las calles, a la noche de Buenos Aires. Pero al tocar tango me siento cerca de mis raíces todos los días”, expresa Paula, que una vez por año visita su ciudad natal. “A veces pienso en lo que hice, en cómo cambié el rumbo de mi vida, y no lo puedo creer. Pero gracias a todo esto aprendí a luchar y no cansarme. Siempre hay piedras en el camino. Sólo se trata de saltarlas.”

Rosana Quiñoa

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Una vida a la manera de Alá




*Una historia dentro de la Feria Internacional del Libro 2007*

Del alba hasta el ocaso
Una vida a la manera de Alá

Trabaja temporalmente en la feria del libro pero full time con su religión. Fernando Refay es musulmán las 24 horas del día y cuenta por qué.


Su frente estaba contra el piso. Así lo encontré a Fernando: el cuerpo acurrucado, la cabeza apoyada en la alfombra que colocó especialmente sobre otra alfombra –“pisada por demasiada gente”- para recitar la tercera oración de las cinco que reza por día en dirección a La Meca. De fondo: el murmullo incesante de las miles de personas que habían asistido ese día a la edición número 33 de la feria del libro de Buenos Aires. A él no parecía importarle, seguía con su ritual de las cuatro de la tarde –obedeciendo uno de los pilares del Islam- como si estuviera solo en el living de su casa.
Empieza erguido, se mueve pero mantiene los dedos pegados al cuerpo, se inclina hacia adelante apoyando las manos sobre sus piernas, después se arrodilla y finalmente queda en posición de súplica, con la frente contra el piso. En ese preciso momento se dice que todo musulmán está más cercano a Dios. Antes, había ido al baño para consumar el “Udú”, una purificación con agua previa a la plegaria.
Fernando Refay es amable y charlatán. Atiende el stand 420 correspondiente al Centro Islámico Rey Fahd en el Pabellón Azul mientras dura la feria, pero el resto del año se dedica a dar visitas guiadas y asume la parte de prensa del lugar que contiene un colegio y una mezquita en su interior. También estudia traductorado de inglés y conduce la radio del Centro sólo por su locuacidad.
Las personas se acercan al puesto buscando información sobre el Corán -el libro sagrado del Islam-, preguntando sobre las clases de idioma gratuitas que brindan en el Centro o para ver escrito en un papel, que se llevan luego de recuerdo, su nombre en árabe. Otras, un poco menos amigables, demandan explicaciones con respecto al genocidio armenio o preguntan maliciosamente en qué parte del Corán está establecido que deben inmolarse. Fernando, no obstante, lo toma con calma, y con un poco de resignación también. Trata de enseñar lo mejor posible los fundamentos del Islam a pesar de “las malas interpretaciones que existen por doquier” y asegura que el Corán prohíbe el suicidio. “No permite ningún tipo de violencia”, remarca convencido tratando de hacerme entender que quienes se sacrifican mienten cuando dicen que lo hacen en nombre de Alá.
Su fe proviene de la parte paterna de su familia, su abuelo era sirio. La madre tiene sus raíces en Italia, pero cuando se casó con su padre abrazó el Islam. En diciembre pasado fueron todos a La Meca, otro de los pedidos del Corán para quienes puedan afrontar el gasto (al menos una vez en la vida), y cuenta que fue un viaje único. “No sólo es ver un lugar por primera vez sino que, además, se suma la carga espiritual que es muy fuerte: uno toda la vida reza en dirección a La Meca, y en ese momento estaba ahí”.
Tres millones y medio de personas lo rodeaban pero él debía sólo concentrarse en los objetivos que anhelaba cumplir durante esos cinco días de peregrinación, también ordenados en el libro sagrado. Dormían en campamentos organizados por país y cuenta que afortunadamente estuvieron en invierno porque “el calor humano era impresionante”.
Fernando es muy creyente, defiende todo lo que el Corán dice porque para él Dios te dice todo tal cual es. A cualquier mortal que visite a un enfermo, Alá le prepara un jardín en el paraíso y le designa 70 mil ángeles para que recen por él hasta el amanecer; ni uno más, ni uno menos.
Hay múltiples interpretaciones, es cierto, pero también está saturado de detalles. Si una persona estornuda y dice “alhámdulil–lah”, está expresando su alegría por la salida del mal de adentro suyo. La contestación correspondiente a eso es: “iarhámukallah”, o sea, que Dios te otorgue misericordia y recién termina el diálogo cuando el que había estornudado responde: “iádikumul-láhu wa iúslihu bálakum”, que Dios te guíe por el buen camino y te otorgue paz interior.
Así, hay reglas para todo: para el saludo, para el buen consejo, para asistir a funerales, para recibir invitaciones, para vestirse, para comer y beber, para todo.
Fernando nunca probó el alcohol ni la carne de cerdo porque están prohibidos. Durante un mes al año, llamado “Ramadám”, ayuna -como todo musulmán practicante- desde el alba hasta el ocaso. Pero todo lo que hace por su religión lo justifica de alguna manera: “No es tan grave”, dice y sonriendo confiesa que a veces se come todo lo que encuentra cuando llega la noche. “Lo más duro es cuando cae en verano porque más que hambre tenés sed”, explica. Para el Islam es una forma de desapegarse de lo mundano, de los disfrutes de la vida, porque tampoco pueden tener relaciones sexuales. “Es ponerse en el lugar de otros que son pobres, que no tienen para comer y de esa forma poder entenderlos mejor y ayudarlos a partir de ese sentir. Porque otro de los preceptos es la ayuda a los necesitados, representada a través del Zakat: un 2,5 por ciento de lo ahorrado durante un año; ni más, ni menos.
En el stand 420 sigue pululando gente; miran el televisor del que se oye una lengua rara y graciosa, piden que les impriman su nombre en árabe, preguntan si venden los libros que tienen en exposición y Fernando les dice que no, que los regalan. Para él es un alivio, una carga menos. Le gusta que le pregunten cosas porque sino se aburre, “salvo cuando vienen con mala onda”. “Lo que pasa es que la gente es ignorante”, se queja, pero sigue ahí, firme como si fuera otra de las pautas del Corán.
Cuando retomo el tema de la violencia teniendo en cuenta las interminables guerras vividas por los países musulmanes, él simplemente culpa al petróleo que tienen bajo sus tierras. También hay dos definiciones para esto: en occidente a la “Yihad” se la traduce como la “guerra santa”, en cambio en el Corán tiene que ver con algo más místico, implica una lucha, un esfuerzo pero contra uno mismo.
Pese a que las películas hollywoodenses muestran el maltrato del hombre a la mujer en esa fe, y pese a distintos testimonios que lo reafirman -entre ellos varios relatados en el libro de Ima Sanchís “El don de arder”- Fernando sostiene que la mujer en la mayoría de los casos vive mejor que el hombre, que el único condicionamiento que tienen es el de poder mostrar solamente las manos, los pies y la cara. Que es una manera de disminuir las miradas, las tentaciones y de preservar al matrimonio como la base de la sociedad. “Muchas no trabajan, tienen un pasar cotidiano, las únicas que se quejan de su condición son las mujeres no musulmanas”, fundamenta.
Fernando tiene 26 años y para él la religión no es una fracción de su vida, es un modo de vida. Explicarme a mí los principios de su culto es una gentileza, pero también es parte de lo que indica el Corán.

Natalia López

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