miércoles, 31 de octubre de 2007

Vergüenza es robar

El juguete rabioso, la primera novela del escritor argentino Roberto Arlt, es la historia de un joven perseguido por la miseria y el fracaso que busca constantemente salir de la pobreza y cambiar su condición social.
Esta obra se divide en cuatro capítulos que narran ágilmente los pasadizos que recorre el personaje principal en busca de una ocupación que le sirva para ganarse la vida, ayudar a su madre y según sus propias palabras para “ser elogiado por los demás”.
En esa búsqueda constante, el personaje quiere además, hacerse rico como inventor, pero fracasa; al igual que el mismísimo Roberto Arlt. Por esta coincidencia y algunas otras similitudes que el lector puede advertir, el narrador y el personaje principal parecen unificarse en una misma persona.
Roberto Arlt, nació el 2 de abril de 1900 en el barrio de Flores, trabajó como periodista y a los 26 años publicó El juguete rabioso, obra que pronto lo ubicó a la misma altura que grandes y talentosos escritores contemporáneos como Henry Miller y Fredor Dostoievsky, aunque en una versión decididamente porteña.
Escribió Los siete locos y Los lanzallamas, pero sus crónicas Aguafuertes porteñas, que se publicaban semanalmente en el diario el Mundo, lo convirtieron en uno de los autores más famosos y preferidos de nuestros tiempos. Murió de un ataque cardíaco el 26 de julio de 1942.
Era característico en sus obras descubrir que los hechos narrados trascurrían en las típicas calles o lugares de Buenos Aires y que sus personajes eran los característicos vecinos de la ciudad, lo que fácilmente ubica al lector y lo hace participe de la historia.
El hombre común podía leer su propia historia, sus pensamientos, sus miedos y desdichas contados en su mismo lenguaje, pero con la delicadeza y el talento de la pluma de Arlt.
En el juguete rabioso, el personaje principal, Silvio Astier tiene 14 años cuando forma una banda de ladrones que se dedica a robar las casas del vecindario y vender a cambio de unos pocos centavos luces, libros y demás objetos para tener un poco de dinero para sobrevivir.
El “Club de los Caballeros de la Media Noche” es el lugar donde Silvio aprende a robar casi profesionalmente, donde cambia su escala de valores y ve el mundo como un universo lleno de cosas de las cuales se puede apropiar fácilmente.
Sin embargo, esa misma realidad será la encargada de mostrarle que robar no es el verdadero camino. Y darse cuenta de esto le da vergüenza, lo humilla y por poco lo mata.
La vida para Silvio era el tropiezo y la desilusión constante, pero un trabajo como vendedor de papel, le enseñará una nueva manera de enfrentar la vida y de alcanzar su objetivo.
“¿Saldría yo alguna vez de mi ínfima condición social, podría convertirme algún día en un señor, dejar de ser el muchacho que se ofrece para cualquier trabajo?”, esta es la pregunta que a lo largo y ancho de la historia mantiene expectante al lector.
Por momentos, ni siquiera Silvio sabe la respuesta y no hay más salida que dejarse llevar y entregarse a la lectura.
Esta historia nos seduce, entristece, golpea e interroga, pero lo más importante es que nos hace reflexionar hasta el punto final.
Quien decida recorrer las páginas de esta historia encontrará respuestas a medida que lea una nueva línea y podrá concluir y acordar con Silvio Astier que “El hombre honesto no tiene vergüenza de nada, siempre que sea trabajo”.
María Isabel Cingolani

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martes, 30 de octubre de 2007

Retrato de una pasión

Andy Cherniavsky es la fotógrafa argentina que mejor supo transgredir las fronteras y seducir a los grandes diseñadores internacionales con sus campañas. En su estudio de Palermo Viejo asegura que la moda representa las seguridades e inseguridades de los hombres y admite que un amor pasajero con el hermano de Charly García le cambió la vida.

Lleva siempre el pelo peinado tirante hacia atrás. Tiene puesto un pulóver violeta que le cubre hasta la mitad de las piernas y unas calzas negras que dejan al descubierto su delgada figura.
De lejos parecería que quien se acerca es una bailarina clásica, pero sus botas de alta plataforma negra anuncian que muy lejos está de caminar en puntitas de pie.
Deja al costado una enorme campera de cuero y una bandolera. Se acaricia la falda, posa sus manos en la cintura, sonríe y mira a los costados. Está impaciente. Si me dejo llevar sólo por la apariencia también podría confundirla con la guitarrista de una banda de rock. La resultante de esa mezcla rara es Andy Cherniavsky, una mujer, una “perfecta ama de casa”, una fotógrafa del mundo de la música y la moda.
Nuestro primer encuentro es en Callao y Santa Fe, en mi lugar de trabajo. Trajo fotos y videos de sus campañas más importantes. Sin embargo resulta más interesante al escucharla y descubrir que detrás de una consolidada profesional existe una persona comprometida con el medio ambiente y la salud hasta cuando hace nuevos negocios.
“Tengo una fábrica de salteados al wok y ahora estoy por abrir mi cuarto local. Hago esto no porque necesite ganar plata sino porque desde mi humilde lugar quiero darle de comer sano a la gente”, dice Andy mientras por primera vez me mira detenidamente a los ojos. Al instante me confiesa que cree que su futuro está en la gastronomía, pero que nunca dejará de lado su pasión por la fotografía y la jardinería.
“Tengo que sentir mucho entusiasmo e interés por el trabajo porque sino me aburro. Estos dos laburos tienen todo lo que a mí me gusta”, cuenta. Luego abre su bolso y saca un cd, varios cables y una computadora portátil. En cuestión de segundos conecta uno se esos cables de su notebook al proyector de la oficina. Se maneja sola, se mueve constantemente. Corre las cosas del escritorio de un lado al otro como si cada objeto debiera ubicarse en el lugar perfecto o indicado.
Es muy inquieta y lo reconoce: “Soy tremendamente activa, no paro. Tengo que obligarme para quedarme quieta aunque sea sólo un segundo”. Es así tanto en el trabajo como en su vida personal y esta característica, que para muchos podría ser un defecto, para ella es una virtud. “Cuando empecé como fotógrafa hacía todo, corría los muebles, compraba las prendas, revelaba y retocaba las tomas. Creo que mi estilo exigente me diferenció del resto”, asegura.
Casi sin hacer una pausa, enciende la pc y vemos unas cuantas imágenes. Entre ellas está Leticia Brédice envuelta en la cortina de su baño.
A partir de esta foto ella contará que un curso de fotografía que hizo durante tres meses le dio un rumbo nuevo a su vida.
“Aunque ahora crecí como profesional me sigue gustando estar hasta en los más mínimos detalles. Todo tiene que pasar por mi ojo y mi lente”, bromea y sin admitir silencios pasa de un tema a otro: “Miro ese cuadro y estoy pensando dónde ubicaría a la modelo para que quede bien. Qué ropa le pondría, de qué color, absolutamente todo”.
Andy es obsesiva, le encanta trabajar en lo que más le gusta y aclara que nunca le dice que no a un cliente. “Pienso que todo trabajo es un desafío y que puede aportarme algo nuevo”, afirma.
Ella dirá que la gastronomía y la fotografía son dos rubros que la eligieron a ella, y que creció en el ambiente del rock porque su padre era manager de Miguel Abuelo y Moris, entre otros músicos. Sin embargo, una relación con un compañero de la secundaria la llevó por un camino que jamás hubiera recorrido. Por ingenuidad y por la fuerza del destino, terminó al lado de las mismas bandas del rock nacional que su papá manejaba.
Quedamos en seguir conociéndonos, pero esta vez en su lugar de trabajo. La cita sería en su estudio ubicado en Palermo Viejo. Pensé que sería en la parte fashion del barrio, conocida como Palermo Hollywood, pero me equivoqué. En la cuadra estaban las típicas vecinas que salen a barrer la vereda y los taxistas que estacionan para descansar y comer un sándwich antes de seguir con su jornada laboral. Se me viene a la mente la voz de Charly García cuando dijo: “¡Qué Palermo Hollywood, esto es Palermo Bagdad!” Y aunque las veredas de Castillo al 600 no están tapadas de escombros ni se escuchan bombas a lo lejos como en Irak, en el ambiente hay tanto polvo flotando de una construcción lindera que se pueden contar cuántos pares de zapatillas pasaron por ahí.
Apenas entro, el recuerdo de Charly se hace cada vez más presente. Veo una foto suya en el palier. Al lado otra de una mujer semidesnuda y varias de modelos.
Andy es muy abierta, no tiene problemas en hacer cualquier tipo de toma artística. Sin embargo, hay momentos en que no es tan permisiva.
-¿Lo seguís viendo a Charly?
-Muy poco. A veces lo extraño y me da cosa no poder invitarlo más a mi casa. Él tiene una vida muy agitada y yo tengo una hija y me levanto a las siete de la mañana. Es muy difícil estar con un personaje que de repente cae a las tres de la mañana a tu casa y te rompe todo. Eso sí que no me lo puedo permitir.
La amistad con Charly García comenzó cuando ella se puso a salir con su hermano. Poco a poco conoció detrás de escena a la estrella del rock que escuchó durante toda su adolescencia.
“Su música era la mejor forma de expresarse sin ser un guerrillero o estar militando bajo alguna bandera política. Su presencia fue decisiva en mi elección de vida y de profesión”, explica.
Durante la última dictadura militar en la Argentina, Andy perdió a su hermano. Sus padres se exiliaron en Brasil amenazados por la Triple A y ella se fue a Europa. “Me quedé sola”, confiesa. Baja su mirada, admite el primer silencio de la charla sólo porque le cuesta recordar ese pasado, remover ese dolor. Se repone en tan solo un instante, pero cambia la vista constantemente como para que no me de cuenta de que se le llenaron los ojos de lágrimas.
Cuando su familia volvió a Buenos Aires, la amistad con Charly se hizo cada día más fuerte. Tanto que hasta lo llevó a vivir a su propia casa. Esta convivencia fue el puente que la llevó a buscar una ocupación durante las interminables noches de recitales a los que iba.
-¿Cómo se te ocurrió dedicarte a la fotografía?
-No quería estar al pedo, quería participar de alguna manera en el show. Entonces, se me ocurrió que podía colgarme la misma cuerda que usaban los músicos para sostener la guitarra para sostener mi cámara de fotos -contesta, mientras revuelve el cajón de su escritorio.
Al poco tiempo conoció a Gabriel Rocca, con quien trabajó 18 años en sociedad. Hoy comparten el mismo lugar de trabajo, pero tienen proyectos diferentes.
“Gaby es como mi hermano, es un cacho de mi cuerpo. Nos conocimos cuando él trabajaba para la revista Pelo y yo para Rock and Pop”, recuerda. Ambos construyeron un dupla inseparable. Juntos llegaron a diseñar tapas de discos, producciones para TV y cubrir cientos de shows en vivo. Pero un día el mundo del espectáculo los agotó: “Estábamos en el recital de Amnesty y nos dimos cuenta que para sacar una buena foto nos teníamos que bancar de todo. Golpes, patadas y escupitajos”. A partir de ese día incursionaron en un nuevo mundo, el de la moda.
“Hay un punto donde los rockeros y las modelos se unen. Sino por qué será que cuando se hacen conocidos empiezan a salir entre ellos”, dice entre risas. Aunque parezca mentira Andy tiene esta improvisada explicación para dar, pero como sabe que es insuficiente se reclina en su asiento y en una posición firme asegura que la manera de vestirse de las personas tiene mucho que ver con el estado de ánimo.
-¿Cómo surge el interés por la moda?
Piensa, se queda callada, mira la biblioteca que tiene al costado como si en alguno de esos libros estuviera la respuesta.
-La moda representa para mí todas las seguridades e inseguridades que tenemos adentro. Por algo es que la camiseta es un ícono que nos muestra la lucha, la perseverancia y la responsabilidad. Cuando nos dicen Fulano se puso la camiseta, ¿qué otra cosa significa sino es que uno está comprometido con algo? –sostiene.
Cuando nos estamos por despedir caigo en la cuenta de que Andy tiene tres camisetas superpuestas. Una blanca, otra celeste y encima otra cortita con estampado militar.
Ahora entiendo por qué me hablaba tanto del compromiso social que siente hasta cuando abre un nuevo local de comidas, cuando habla de su familia, de la música en la época de la dictadura y de lo importante que es para ella hacer lo que más le gusta, aunque no pueda quedarse quieta ni un rato.
Se levanta, arma un pequeño bolso con una cámara digital, unas cuantas baterías, un mp3 y un anotador.
-Sé que soy una mujer orquesta, pero me gusta serlo- reconoce.
Entonces, junta sus cosas y se va directo al estudio porque la espera toda una tarde de trabajo entre maquillajes, mujeres de cuerpos delgados y esculturales que quieren ser retratadas por su apasionada lente.
María Isabel Cingolani

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