Los anaqueles que el hombre de la seguridad había mencionado bien podrían haber sido cualquier otra cosa menos eso, anaqueles. El aspecto dejado de los estantes de chapa verde y su contenido –vaya a saberse qué recuerdos de la pantalla chica de otras épocas albergaban– hacía suponer la existencia de una deuda de reforma al lugar.
Doblé. El corredor sombrío e infinito se abrió entonces a otro de espacio aún más amplio y plagado de luz natural. Estudio uno. No. Estudio dos. No –y pienso qué pasaría si ingreso mientras recuerdo las palabras del hombre de la entrada-. Estudio tres: en el aire. Así lo advierte la luz roja detrás de esas tres palabras. Me olvido del guardia, del frío, del gris estatal y entro al set de Mañana vemos, el magazine informativo que Mex Urtizberea conduce desde noviembre de 2006 junto a Carla Czudnowsky.
La voz y el piano de Mex improvisan un chamamé que los cinco músicos de la banda ubicada prolijamente detrás del “músico, actor y humorista” –como acusa la biografía de su página Web– acompañan a la par en sintonía con las ocurrencias de la personal melodía. Viste un trajecito azul a rayas grises, una camisa haciendo juego, una camiseta roja debajo de la camisa y zapatillas verdes tipo All-Star que marcan con insistencia firme sobre el piso del decorado el ritmo de la música.
Ignacio Mex Urtizberea nació hace casi 47 años, el 25 de octubre de 1960. Ya desde chiquito sabía que quería seguir los pasos del francés Jacques Tati, Buster Keaton y Charles Chaplin. “Pero admito que Keaton era de una genialidad que todavía hoy me resulta maravillosa”, dirá tres horas más tarde en el camarín con una sonrisa en el rostro, observando fijamente a la nada.
Mañana vemos es, a esta hora del día, las 10:30 de la mañana, un auténtico desfile de rarezas. Además de las treinta personas que se reparten detrás de escena entre el director, el asistente del director, productoras, los asistentes de las productoras, cameramans, sonidistas, personal de utilería y los cinco reidores profesionales que alborotan el ambiente, el diminuto estudio recibe, primero, a un grupo de alumnos del Colegio Santa Brígida que está de visita por diez minutos –los suficientes como para crispar los nervios de las productoras–; más tarde, a un hombre con un cachorro Golden Retriever de tres meses que revoluciona la atención de todos; luego, a un chico con una motocicleta que será sorteada en instantes y, por último, a una señora coqueta de Barrio Norte que quiere saludar a Fanny Mandelbaum (también columnista del programa).
A pesar de las rarezas, que son también las que enriquecen, el ambiente es de muy buen humor y se percibe cierto empuje que Urtizberea –de ahora en adelante, Mex– no deja de valorar y proponer a sus compañeros. “Me divierte. En este proyecto conocí a un montón de personas a quienes hago jugar y participar, y que entran inmediatamente en ese lenguaje. Eso, para mí, es un logro fundamental. Son tres horas de programa y sí, hay detalles y miles de cosas que modificar, que veo que faltan retocar, pero que a su momento se resolverán, y eso me gusta porque es como seguir viviendo y le va dando cierta biología al proceso que uno hace. Todo tiene más potencia cuando el otro, el público, sabe de lo que estás hablando, y eso está bueno”.
Y es que el humor de Mex, o su arte, si se quiere, se gestó de una manera bastante particular. A los veinte años, formó parte de la mítica e injustamente olvidada agrupación Músicos Independientes Asociados (MIA), al tiempo que un joven Lito Vitale le daba clases de batería. Pero fue papá Vitale, Rubens Marco, quien a través de sus clases de piano, composición y armonía, se convirtió en “el gran maestro de mi vida y mi gran padre artístico”, según recordorá en momentos más el humorista.
Después de tres intensas horas de programa, el reloj marca las 13 y, puntualmente, las luces del estudio se apagan. También lo hacen los televisores, las cámaras, los micrófonos y la música. Y como hormigas que huyen ante la amenaza de un pie aniquilador, todos y cada uno de los que estaban hasta hace un momento rodeando al conductor desalojan el lugar para que a las 13:05 sólo queden Mex y un representante del canal discutiendo sobre la escasez de recursos para mejorar determinadas cosas en el programa.
Ya en su camarín, con fiebre debido a una gripe que se niega a abandonarlo, Mex y su metro sesenta y tres se hunden en un destartalado sillón de cuerina marrón. “Estoy preparado para sonarme los mocos”, suelta sin timidez. “Soná tranquilo”, respondo. Dubitativo, mira sin ganas el pañuelo de papel que tiene en su mano derecha, mira después el resto de una galletita de arroz a medio comer en la izquierda, y se decide por darle un mordiscón a esta última, mientras las migas llueven sobre el saquito azul a rayas.
Mex, que nunca pensó lograrlo, aunque siempre fantaseó con la idea de convertirse en uno de esos personajes que veía en el cine, asegura que todavía hoy juega a ser un antihéroe, un galán algo fracasado, o el gracioso de la película. Entre sus referentes “disfrutaba mucho con los uruguayos de Telecataplún -que tenían ese concepto grupal de hacer humor-; me encantaban (Alberto) “El Negro” Olmedo, (José) “Pepe” Biondi, Dringue Farías, Carlitos Balá, (José) Marrone y tantos otros. Hoy por hoy, me divierte (Alfredo) Casero y todos los chicos que trabajaron conmigo: (Diego) Capusotto, (Fabio) Alberti, (Pablo) Cedrón. Todos ellos me parecen tipos tremendamente talentosos”.
“Cuando se disuelve MIA, anduve cantando o haciendo improvisaciones con la voz. Era todo instrumental; no había letra, las canciones estaban vacías. Y decía cualquier cosa mientras cantaba… sa-ra-te-ra-ba-ta-sí… de ese estilo. Me encantaba y todo eso me daba la posibilidad de generar una actuación, pero, de alguna forma, esa actuación quedaba ahí. Fue recién cuando toqué en el Parakultural que me vio Casero, quien me propuso lo acompañe con el piano en De la Cabeza”, explica.
Hablar de estos primeros pasos, significa hablar primero de su época en ese Parakultural, un emblema de la movida artística posdictadura que engendraría actores de la talla del fallecido Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese, las Gambas al Ajillo, Casero y Carlos Belloso, para nombrar a algunos. “Estuve en la segunda etapa, cuando el Parakultural se había mudado a la calle Chacabuco. Había cosas que eran muy buenas, pero había otras que eran horribles. Era una época en que todo tenía que desbordar, en la que parecía que después de los gobiernos militares uno quería ver vómitos. Artísticamente había cosas muy buenas, pero significaban el 20 por ciento. Lo demás era nada. Siempre digo que ahí ví a un tipo cortarse las venas en vivo, o a otro meterse un pescado en el orto, y la gente se deslumbraba. Podía ser efectista para algunos, pero el espectador se iba vacío; no se llevaba nada”, comenta.
Con el salto a la pantalla chica en 1992 de la mano de Casero, inmediatamente después crearían junto a Alberti el inolvidable Cha-Cha-Cha, ese reducto de humor descabellado y amor por el absurdo que marcó a la generación de jóvenes de los ’90. El enamoramiento con Casero pareció llegar a su fin en el 1994 cuando “dejé todo y me puse a armar el piloto de Magazine For Fai”, que se emitía por la señal de cable Cablín. El repentino alejamiento del programa y de los ensayos de la Halibur Fiberglass Sereneiders -grupo musical que compartía también con Casero- casi les cuesta la amistad, que sólo cinco años más tarde pudo ser recobrada.
Con For Fai, Mex tendría la oportunidad de trabajar con su hija, Violeta, quien por entonces rozaba los nueve años. “Violeta es bárbara, es genial. Es mi hija y no quería para ella la locura de la televisión, pero hicimos el piloto y, como faltaba gente, le dijimos: ‘¿Querés venir?’, pobrecita, tan chiquita. Pero estuvo bárabara. Violeta es hoy una actriz maravillosa”, se deshace en halagos y agrega que de For Fai salió también Julieta Zylberberg, quien hoy lo acompaña en Mañana vemos, en el papel de “Dolores de Luca”, una cheta de veintipico que no sabe hacer nada, pero que logra todo lo que quiere porque es “la hija del dueño”, aunque no queda muy claro quién es el dueño ni de qué lo es.
“En el ‘99, en tiempos de las elecciones que ganó (Fernando) De la Rúa, hicimos el For Fai Presidente, pero duró cuatro fugaces meses. “Duró cuatro porque, si bien había originariamente un gerente al que le encantaba, después vino otro que odiaba el programa, a los pibes, y pensaba que éramos horribles. Quería poner minas en bikinis y hacer algo para que subiera el rating, cambiar el horario de emisión, que esto que lo otro, y yo me planté y dije: ‘no, es así, es For Fai. Es así o no se hace más’. Me hice el rebelde, y se ve que funcionó porque me echaron. Tuve mi merecido”.
El cambio de siglo le trajo a Mex la posibilidad de participar en creaciones artísticas dentro del cine, a través de Valentín y Un mundo menos peor, dos películas de Alejandro Agresti. También ideó junto a Gastón Portal Medios locos, otro magazine delirante de medianche en el que compartió escena con el ya fallecido Adolfo Castelo, Gillespie, Marcela Pacheco y Gisella Marziotta; publicó el libro Crónicas masculinas y se paseó por innumerables programas radiales, entre ellos, Tarde piaste, Animados y Lo que el aire se llevó, espacio del éter que lo vio conducir un ciclo junto a su padre, Raúl, un periodista de profesión.
Queda poco tiempo para que Mex ingrese nuevamente en el estudio para grabar un sketch que utilizarán al día siguiente. Su esposa desde 2003, Carolina “Carito” Santos, quien lo ayuda con la columna semanal en el diario La Nación y en la producción de Mañana vemos, entra al camarín para traerle una aspirina y decirle que lo quiere. La fiebre no pasa, pero el hombrecito no se desanima porque, explica, hace lo que más le gusta, y eso es, según asegura, divertir a la gente.
“En el humor se ama o se odia”, sentencia mientras baja la aspirina con un sorbo de agua. “Uno tiene censura personal, lógica. No voy a joder a nadie por su credo, por ejemplo, o porque sea discapacitado. Todas las cosas que a mí me duelen, sobre ellas no bromeo. No me gusta burlarme del otro, y es muy difícil hacer este otro humor, porque es un humor donde no te burlás, donde no le hacés una cámara oculta a alguien y te cagás de risa de su desgracia. A mí eso no me hace gracia. Me duele. Me siento mal cuando veo que alguien la está pasando mal. Eso es morbo, no es humor”, dice antes de estornudar. Diez minutos más y Mex deberá estar sin falta vestido con el guardapolvo blanco entallado (Carito le explicó que en utilería no consiguieron otra cosa más que un guardapolvo de mujer) en el set de grabación. Mientras se viste, en medio de una tos incesante y algún mordisco más a esa galletita de arroz abandonada, agrega: “uno está en la resistencia, y trata de hacer cosas desde la resistencia. Soy un muchacho que, con este tono así enfermo, triste y cansino, está cada vez más contento, porque estamos de paso en la vida, y lo único que quiero es divertirme hasta el final”.