martes, 25 de septiembre de 2007

Mex Urtizberea: Lo único que quiero es divertirme hasta el final

El guardia anotó el nombre, el DNI y una cifra que indicaba a qué estudio dirigirse. “Es el número tres. Seguí derecho y doblás a la izquierda cuando te topás con los anaqueles. No entrés donde no te llaman”, dijo en tono seco y destrabó la puerta. El pasillo de la televisión pública se extendía interminable, frío como la inesperada nevada porteña del día anterior, opacamente gris y muy, demasiado estatal.
Los anaqueles que el hombre de la seguridad había mencionado bien podrían haber sido cualquier otra cosa menos eso, anaqueles. El aspecto dejado de los estantes de chapa verde y su contenido –vaya a saberse qué recuerdos de la pantalla chica de otras épocas albergaban– hacía suponer la existencia de una deuda de reforma al lugar.
Doblé. El corredor sombrío e infinito se abrió entonces a otro de espacio aún más amplio y plagado de luz natural. Estudio uno. No. Estudio dos. No –y pienso qué pasaría si ingreso mientras recuerdo las palabras del hombre de la entrada-. Estudio tres: en el aire. Así lo advierte la luz roja detrás de esas tres palabras. Me olvido del guardia, del frío, del gris estatal y entro al set de Mañana vemos, el magazine informativo que Mex Urtizberea conduce desde noviembre de 2006 junto a Carla Czudnowsky.
La voz y el piano de Mex improvisan un chamamé que los cinco músicos de la banda ubicada prolijamente detrás del “músico, actor y humorista” –como acusa la biografía de su página Web– acompañan a la par en sintonía con las ocurrencias de la personal melodía. Viste un trajecito azul a rayas grises, una camisa haciendo juego, una camiseta roja debajo de la camisa y zapatillas verdes tipo All-Star que marcan con insistencia firme sobre el piso del decorado el ritmo de la música.
Ignacio Mex Urtizberea nació hace casi 47 años, el 25 de octubre de 1960. Ya desde chiquito sabía que quería seguir los pasos del francés Jacques Tati, Buster Keaton y Charles Chaplin. “Pero admito que Keaton era de una genialidad que todavía hoy me resulta maravillosa”, dirá tres horas más tarde en el camarín con una sonrisa en el rostro, observando fijamente a la nada.
Mañana vemos es, a esta hora del día, las 10:30 de la mañana, un auténtico desfile de rarezas. Además de las treinta personas que se reparten detrás de escena entre el director, el asistente del director, productoras, los asistentes de las productoras, cameramans, sonidistas, personal de utilería y los cinco reidores profesionales que alborotan el ambiente, el diminuto estudio recibe, primero, a un grupo de alumnos del Colegio Santa Brígida que está de visita por diez minutos –los suficientes como para crispar los nervios de las productoras–; más tarde, a un hombre con un cachorro Golden Retriever de tres meses que revoluciona la atención de todos; luego, a un chico con una motocicleta que será sorteada en instantes y, por último, a una señora coqueta de Barrio Norte que quiere saludar a Fanny Mandelbaum (también columnista del programa).
A pesar de las rarezas, que son también las que enriquecen, el ambiente es de muy buen humor y se percibe cierto empuje que Urtizberea –de ahora en adelante, Mex– no deja de valorar y proponer a sus compañeros. “Me divierte. En este proyecto conocí a un montón de personas a quienes hago jugar y participar, y que entran inmediatamente en ese lenguaje. Eso, para mí, es un logro fundamental. Son tres horas de programa y sí, hay detalles y miles de cosas que modificar, que veo que faltan retocar, pero que a su momento se resolverán, y eso me gusta porque es como seguir viviendo y le va dando cierta biología al proceso que uno hace. Todo tiene más potencia cuando el otro, el público, sabe de lo que estás hablando, y eso está bueno”.
Y es que el humor de Mex, o su arte, si se quiere, se gestó de una manera bastante particular. A los veinte años, formó parte de la mítica e injustamente olvidada agrupación Músicos Independientes Asociados (MIA), al tiempo que un joven Lito Vitale le daba clases de batería. Pero fue papá Vitale, Rubens Marco, quien a través de sus clases de piano, composición y armonía, se convirtió en “el gran maestro de mi vida y mi gran padre artístico”, según recordorá en momentos más el humorista.
Después de tres intensas horas de programa, el reloj marca las 13 y, puntualmente, las luces del estudio se apagan. También lo hacen los televisores, las cámaras, los micrófonos y la música. Y como hormigas que huyen ante la amenaza de un pie aniquilador, todos y cada uno de los que estaban hasta hace un momento rodeando al conductor desalojan el lugar para que a las 13:05 sólo queden Mex y un representante del canal discutiendo sobre la escasez de recursos para mejorar determinadas cosas en el programa.
Ya en su camarín, con fiebre debido a una gripe que se niega a abandonarlo, Mex y su metro sesenta y tres se hunden en un destartalado sillón de cuerina marrón. “Estoy preparado para sonarme los mocos”, suelta sin timidez. “Soná tranquilo”, respondo. Dubitativo, mira sin ganas el pañuelo de papel que tiene en su mano derecha, mira después el resto de una galletita de arroz a medio comer en la izquierda, y se decide por darle un mordiscón a esta última, mientras las migas llueven sobre el saquito azul a rayas.
Mex, que nunca pensó lograrlo, aunque siempre fantaseó con la idea de convertirse en uno de esos personajes que veía en el cine, asegura que todavía hoy juega a ser un antihéroe, un galán algo fracasado, o el gracioso de la película. Entre sus referentes “disfrutaba mucho con los uruguayos de Telecataplún -que tenían ese concepto grupal de hacer humor-; me encantaban (Alberto) “El Negro” Olmedo, (José) “Pepe” Biondi, Dringue Farías, Carlitos Balá, (José) Marrone y tantos otros. Hoy por hoy, me divierte (Alfredo) Casero y todos los chicos que trabajaron conmigo: (Diego) Capusotto, (Fabio) Alberti, (Pablo) Cedrón. Todos ellos me parecen tipos tremendamente talentosos”.
“Cuando se disuelve MIA, anduve cantando o haciendo improvisaciones con la voz. Era todo instrumental; no había letra, las canciones estaban vacías. Y decía cualquier cosa mientras cantaba… sa-ra-te-ra-ba-ta-sí… de ese estilo. Me encantaba y todo eso me daba la posibilidad de generar una actuación, pero, de alguna forma, esa actuación quedaba ahí. Fue recién cuando toqué en el Parakultural que me vio Casero, quien me propuso lo acompañe con el piano en De la Cabeza”, explica.
Hablar de estos primeros pasos, significa hablar primero de su época en ese Parakultural, un emblema de la movida artística posdictadura que engendraría actores de la talla del fallecido Batato Barea, Alejandro Urdapilleta, Humberto Tortonese, las Gambas al Ajillo, Casero y Carlos Belloso, para nombrar a algunos. “Estuve en la segunda etapa, cuando el Parakultural se había mudado a la calle Chacabuco. Había cosas que eran muy buenas, pero había otras que eran horribles. Era una época en que todo tenía que desbordar, en la que parecía que después de los gobiernos militares uno quería ver vómitos. Artísticamente había cosas muy buenas, pero significaban el 20 por ciento. Lo demás era nada. Siempre digo que ahí ví a un tipo cortarse las venas en vivo, o a otro meterse un pescado en el orto, y la gente se deslumbraba. Podía ser efectista para algunos, pero el espectador se iba vacío; no se llevaba nada”, comenta.
Con el salto a la pantalla chica en 1992 de la mano de Casero, inmediatamente después crearían junto a Alberti el inolvidable Cha-Cha-Cha, ese reducto de humor descabellado y amor por el absurdo que marcó a la generación de jóvenes de los ’90. El enamoramiento con Casero pareció llegar a su fin en el 1994 cuando “dejé todo y me puse a armar el piloto de Magazine For Fai”, que se emitía por la señal de cable Cablín. El repentino alejamiento del programa y de los ensayos de la Halibur Fiberglass Sereneiders -grupo musical que compartía también con Casero- casi les cuesta la amistad, que sólo cinco años más tarde pudo ser recobrada.
Con For Fai, Mex tendría la oportunidad de trabajar con su hija, Violeta, quien por entonces rozaba los nueve años. “Violeta es bárbara, es genial. Es mi hija y no quería para ella la locura de la televisión, pero hicimos el piloto y, como faltaba gente, le dijimos: ‘¿Querés venir?’, pobrecita, tan chiquita. Pero estuvo bárabara. Violeta es hoy una actriz maravillosa”, se deshace en halagos y agrega que de For Fai salió también Julieta Zylberberg, quien hoy lo acompaña en Mañana vemos, en el papel de “Dolores de Luca”, una cheta de veintipico que no sabe hacer nada, pero que logra todo lo que quiere porque es “la hija del dueño”, aunque no queda muy claro quién es el dueño ni de qué lo es.
“En el ‘99, en tiempos de las elecciones que ganó (Fernando) De la Rúa, hicimos el For Fai Presidente, pero duró cuatro fugaces meses. “Duró cuatro porque, si bien había originariamente un gerente al que le encantaba, después vino otro que odiaba el programa, a los pibes, y pensaba que éramos horribles. Quería poner minas en bikinis y hacer algo para que subiera el rating, cambiar el horario de emisión, que esto que lo otro, y yo me planté y dije: ‘no, es así, es For Fai. Es así o no se hace más’. Me hice el rebelde, y se ve que funcionó porque me echaron. Tuve mi merecido”.
El cambio de siglo le trajo a Mex la posibilidad de participar en creaciones artísticas dentro del cine, a través de Valentín y Un mundo menos peor, dos películas de Alejandro Agresti. También ideó junto a Gastón Portal Medios locos, otro magazine delirante de medianche en el que compartió escena con el ya fallecido Adolfo Castelo, Gillespie, Marcela Pacheco y Gisella Marziotta; publicó el libro Crónicas masculinas y se paseó por innumerables programas radiales, entre ellos, Tarde piaste, Animados y Lo que el aire se llevó, espacio del éter que lo vio conducir un ciclo junto a su padre, Raúl, un periodista de profesión.
Queda poco tiempo para que Mex ingrese nuevamente en el estudio para grabar un sketch que utilizarán al día siguiente. Su esposa desde 2003, Carolina “Carito” Santos, quien lo ayuda con la columna semanal en el diario La Nación y en la producción de Mañana vemos, entra al camarín para traerle una aspirina y decirle que lo quiere. La fiebre no pasa, pero el hombrecito no se desanima porque, explica, hace lo que más le gusta, y eso es, según asegura, divertir a la gente.
“En el humor se ama o se odia”, sentencia mientras baja la aspirina con un sorbo de agua. “Uno tiene censura personal, lógica. No voy a joder a nadie por su credo, por ejemplo, o porque sea discapacitado. Todas las cosas que a mí me duelen, sobre ellas no bromeo. No me gusta burlarme del otro, y es muy difícil hacer este otro humor, porque es un humor donde no te burlás, donde no le hacés una cámara oculta a alguien y te cagás de risa de su desgracia. A mí eso no me hace gracia. Me duele. Me siento mal cuando veo que alguien la está pasando mal. Eso es morbo, no es humor”, dice antes de estornudar. Diez minutos más y Mex deberá estar sin falta vestido con el guardapolvo blanco entallado (Carito le explicó que en utilería no consiguieron otra cosa más que un guardapolvo de mujer) en el set de grabación. Mientras se viste, en medio de una tos incesante y algún mordisco más a esa galletita de arroz abandonada, agrega: “uno está en la resistencia, y trata de hacer cosas desde la resistencia. Soy un muchacho que, con este tono así enfermo, triste y cansino, está cada vez más contento, porque estamos de paso en la vida, y lo único que quiero es divertirme hasta el final”.
Ma. Luz Carou

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La Mami

*Una historia dentro de la Feria Internacional del Libro 2007*

"No me permiten hablar con la gente, así que pasá por acá”. Y pasé nomás. “Acá” era un baño de unos dos metros de ancho por uno y medio de largo. “La oficina”, como entre las dos lo apodamos, contaba con una silla y un inodoro, y estaba perfumado con un muy especial aroma a pis y a desinfectante.
María Jiménez es una mujer baja y de mediana contextura. Tiene 49 años y usa un uniforme bordó y blanco con la inscripción Pulire en un bolsillo del frente. Es empleada de limpieza y su sector de trabajo es un baño. Uno de los ocho que tiene el predio ferial La Rural, donde cada año se lleva a cabo la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y que se encuentra entre las salas María Esther de Miguel y Roberto Arlt, del Pabellón Ocre.
“Tuve una vida difícil”, admite enseguida. Y una catarata de palabras comienza a fluir por su boca. “No conozco a mis padres y a una de mis hermanas la encontré en el programa Gente que busca Gente hace como diez años”, cuenta casi sin respirar. Mueve las manos a gran velocidad. Cada frase, cada idea que pone en palabras la acompaña con exagerados movimientos de sus manos regordetas con uñas largas y muy cuidadas. Cuando hace una pausa en su discurso, las junta, sus dedos se entrecruzan por unos segundos y tras una corta pero intensa lucha, vuelven a liberarse.

Afuera de la “oficina”, se escuchan voces de todo tipo. Dos adolescentes se critican la ropa y hablan de ese chico que tan bien las atendió en el stand de la editorial Sudamericana. “¿Viste sus ojos?”, dice una antes de comenzar a reír algo frenéticamente.
“Escuchás este tipo de conversaciones a diario. Las mujeres desahogan sus preocupaciones, intrigas y hasta el llanto en el baño. Una vez llegó una promotora de unos veinte años llorando. Estaba tan afligida que sólo atiné a abrazarla. Luego le hablé por varios minutos. Le dije que no había que gastar lágrimas en hombres, que no se lo merecen. Logré calmarla. Esto fue hace unos dos años y todavía, cada vez que viene, me pasa a saludar y me agradece por ese abrazo”, relata con una gran sonrisa, antes de agregar: “Muchas personas me han dicho que tengo algo especial, que transmito sabiduría. Yo no tenía idea de la razón por la que lloraba, pero lo intuí y la aconsejé”.
Este año, la Feria recibió a algo más de 1.200.000 visitantes, según los organizadores. Calculando que más o menos la mitad son mujeres y que de ellas gran parte va por lo menos una vez al baño y sabiendo que son sólo ocho, podemos deducir que unas 30.000 mujeres pasaron por “el sector” de María. “Son raros los momentos en los que el baño está casi vacío.
Normalmente hay largas colas y yo tengo que andar resolviendo conflictos cuando alguien quiere colarse”, admite. Y agrega: “Pero no me molesta, ya estoy acostumbrada. Una vez una señora me dijo `Te felicito por el baño limpio y tu paciencia, se nota que sabés manejar a la gente´. Yo creo que tenía razón, si bien no cuento con gran educación, me considero una persona sabia, que supo aprender de todo lo malo que me pasó”.
María nació en Tucumán y perdió a su familia cuando tenía tres años. Sus padres murieron en un accidente y sus hermanos fueron “repartidos” entre familiares, amigos y desconocidos. Ella fue criada por una familia que nunca le reveló la verdad. “Mi mamá me trataba muy mal. Me hacía trabajar con los animales, me retaba por todo y no me dejaba comer con ella y mis hermanos cuando mi papá no estaba en casa”, cuenta mientras su mirada se fija en el techo del baño. Vivió con ellos en el pueblo tucumano Los Puestos, muy cerca de la frontera con Santiago del Estero. No entendió el desprecio de su madre hasta que a sus 14 años un tío que estaba por morir la llamó por teléfono. “Me dijo que no quería llevarse un secreto a la tumba y me confesó que yo no pertenecía a esa familia – relata mientras una especie de nube gris comienza a modificar el marrón de sus grandes ojos - Se me vino el mundo abajo. No sabía que hacer y me fui de casa con un novio que tenía. Así llegué a Buenos Aires”.
En la capital argentina crió a sus seis hijos: Silvia Rosa, Irma Mariela, Sofía Lorena, Alberto Antonio, Jonathan Fabián y David Hernán. Al principio contaba con la ayuda de su marido, pero luego descubrió que ese joven que la había traído tan lejos de su casa se había convertido en un monstruo. “Sentía un constante maltrato de parte de él, lo aguanté hasta que un día me pegó una patada en el estómago y terminé muy grave en el hospital”, cuenta. Poco después de ese ataque él se fue con otra mujer y los dejó sin nada. “Se llevó todo lo que teníamos, la plata, el coche. Incluso le compró una casa a la otra mujer”, indica.
La frase que María había dejado caer al principio comienza a tomar forma. Su relato sustenta esa idea original de una vida difícil. “Sufrí muchísimo, pero yo me digo que antes vivía en río turbio y ahora, en la claridad que me da la sabiduría”, dice. Pero no sólo lo dice, lo gesticula lentamente con sus labios pintados de un rosa tostado y su dentadura, en la que algunos huecos delatan la falta de cuidado. Sabe que la frase sirve, que resume lo que piensa y la repite dos veces más. No quiere dudas.
- ¿Cómo fue el encuentro con tu hermana?
- Maravilloso. Yo entré por la puerta que había en el programa y me desmayé de la emoción. Me impresionó que fuera tan parecida a mí.
- ¿Recordaba ella algo de tus padres?
- Sí, bastante. Ella es mayor que yo así que pudo decirme algunas cosas. En realidad fue ella, Haydés, la que me contó todo lo que sé de mis padres.
- ¿Seguís viéndola?
- Sí, es re buenísima. Me adora y su familia también.
- ¿Conociste a tus otros hermanos?
- A otros dos sí, pero sé que hay por lo menos tres más viviendo en Tucumán, Córdoba y Mendoza, que aun no pude ver.
El ruido de la mochila del inodoro del baño de al lado al vaciarse interrumpe la charla. Por el espacio que queda entre el panel que divide ese del nuestro y el piso se puede ver que hay alguien cambiándose. Unos pies se mueven constantemente y de una mochila apoyada en el piso sobresale la cintura de un pantalón. “Debe ser una promotora”, arriesga María y aclara que suelen cambiarse allí a las apuradas para llegar en horario a atender los stands en los que trabajan.
En esta versión de la Feria del Libro, la número 33 hubo un total de 1.580 stands de medios de comunicación, editoriales, librerías, fundaciones, organizaciones y embajadas. Es el mayor número desde que se inauguró la primera en 1975 y hay una justificación lógica: este año la feria contó con un total de 45.000 metros cuadrados.
María trabaja desde las 10 de la mañana hasta las once de la noche encerrada en un baño que no tiene más de 60 metros cuadrados. “A veces, cuando sé que los inspectores no van a venir, me escapo un ratito para respirar aire puro. Son muchísimas las horas que paso acá adentro”, asegura. Su horario de trabajo es de trece horas diarias. Entra a las diez de la mañana y sale algunos minutos antes de las once para poder alcanzar el tren que la lleve hasta su casa, en José C. Paz. Vive sola allí, luego de que su marido regresara hace algo más de un año a vivir en su casa con los dos chicos menores. Los otros cuatro se casaron y se fueron hace un tiempo. “Tenía miedo de que pasara lo mismo que en el pasado y preferí irme yo. Él está muy enfermo de cáncer y no pretendo dejarlo en la calle, pero tampoco quiero estar bajo el mismo techo”, aclara mientras sus dedos acomodan un mechón de cabello que se soltó del tirante peinado hacia atrás. En la parte superior de su cabeza, unos mechones blancos interrumpen el marrón chocolate de su cabello. “Luché muchísimo por darles a mis hijos lo que yo nunca tuve y creo que logré educarlos bien. Mi mayor logro es saber que me quieren y que confían en mí. Me cuentan todo, hasta cuando meten la pata”, dice inflando el pecho. Hace una pausa y continúa: “Nunca van a decir ‘Mi mamá me maltrató’”.
“Mami, Mami”, grita una chica desde afuera mientras golpea la puerta del baño en el que estamos. María la invita a entrar. Es una de sus compañeras. No tiene más de 25 años, habla apurada y no deja de sonreír. Quiere avisarle a que posiblemente haya paro de colectivos a la noche. Van a tener que salir corriendo para no perder el tren. “Quedate tranquila que no me quedo ni un minuto más de lo que debo”, la tranquiliza. La chica vuelve a sonreír y se va rápidamente.
“Me llevo muy bien con todos los chicos que trabajan acá; en especial con los más jóvenes. Muchos me llaman ‘la Mami’ y me cuentan cosas que no suelen hablar con sus padres”, cuenta María y se apresura a agregar: “yo saqué a muchos de la droga. Cuando los encontraba fumando o algo así los agarraba y les decía que se estaban matando, que se fijaran en las amistades, que así no iban a llegar a ningún lado. Hoy me lo agradecen, saben que los salvé”.
Es ese “algo especial” que asegura tener lo que la llevó un día hasta una de las iglesias evangelistas. “Voy muy seguido a la iglesia, a la común digo, pero cada tanto me acerco a esas para hablar con los pastores”, afirma. “Yo vi lo que iba a pasar en las Torres Gemelas antes de que sucediera y lo hablé con uno de los ministros. Luego ayudé a una chica en silla de ruedas. La miré fijo y le grité que ella podía pararse, que lo intentara, y lo hizo”, relata. Y cuenta muchos más ejemplos. “¿Viste la cantidad de extranjeros que suelen venir a esta Feria?”, me pregunta y antes de dejarme contestar continúa: “Bueno, muchas veces me encontré hablándoles en el mismo idioma que ellos, comprendiendo perfectamente lo que me decían. Son idiomas que nunca aprendí. Apenas llegué hasta séptimo grado de la escuela”.
“¿Hay alguien ahí? ¿Está ocupado?”. Una voz chillona que hacía recordar a la fantástica Niní Marshall en su papel de Catita preguntaba con insistencia. Era evidente que la urgencia de sus necesidades fisiológicas la estaban poniendo nerviosa. Como dos niños que se acababan de ratear, María y yo permanecíamos en silencio. En mi mente se repetía una y otra vez una frase que me había dicho unos diez minutos antes: “Los inspectores nos vuelven locos. Pasan al menos una vez al día y nos retan por cualquier cosa”. No quiero ponerla en problemas así que hago silencio. Finalmente, y tras la interminable lista de preguntas de la voz chillona, María decidió responderle un seco y terminante “Ocupado”.
Está sin dudas más interesada en continuar hablando de sus creencias que en calmar a la agitada dueña de esa voz. “Ahora estoy leyendo la Biblia y me sorprendo todo el tiempo porque ahí predicen las cosas que ahora pasan. La gente muriéndose de hambre, la avaricia, la muerte. Todo está en ese libro, es increíble, hay que leerlo”, aconseja.
La conversación llega poco a poco a su fin. Entre risas, me confiesa que no le cuesta hablar, que siempre fue de decir todo lo que pensaba. Yo asiento y ella lo refuerza con palabras: “A veces no me doy cuenta y abro el micrófono de mi corazón. Comparto mi vida con los demás, con la esperanza de transmitir este amor a la vida que mueve mi mundo”.
Al salir, la voz chillona se materializó rápidamente en una señora de unos setenta años de edad que miraba sorprendida cómo de un mismo baño salíamos dos personas. “¿Se puede usar?”, preguntó cuando la urgencia le ganó finalmente al asombro. “No”, contestó María. Fin del diálogo. ¿La señora? Seguía en la fila cuando me fui y la Mami se metió apurada en otros de los baños con un tarro de desinfectante en una mano y un trapo en la otra.

Pamela Altieri


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sábado, 1 de septiembre de 2007

Memorias sin final


Los Lemmings y otros, 2005
Fabián Casas
Santiago Arcos Editor
“No tengo imaginación”. Cualquiera podría pensar que una frase así es digna de algún contador sometido a la rutina diaria o de un matemático acérrimo que no acepta nada más que lo que puede comprobar. Pero no, no es así. Es el escritor Fabián Casas quien la soltó en una entrevista publicada en 2005, año en que salió a la venta su libro de cuentos Los Lemmings y otros.
Se nota apenas uno empieza a ojearlo. El relato roza lo autobiográfico, si es que no lo es puramente. Admite haber cambiado algunos nombres para conservar cierta privacidad pero sus sustitutos no hacen más que ayudar al lector a imaginar el entorno del escritor durante su infancia, su adolescencia y su adultez. Así divide su libro: siete cuentos y un apéndice que permiten entender, quizás, cómo Casas se convirtió en lo que es.
Tan poca imaginación tiene que el personaje que encarna en el relato se llama Andrés, su segundo nombre. La realidad es que Casas no necesita de esa condición de la que carece porque si hay algo que, al parecer, mantiene intacto, es su memoria. Y con ella es más que suficiente para narrar estas historias de una manera tan simple como atractiva. Historias que se entrelazan mediante la continuidad de los personajes que, también, van cambiando y creciendo con él.
El Gordo Noriega, el Tano Fuzzaro, la Gorda Fantasía, Norman, los hermanos Dulce, el japonés Uzu, Chumpitaz son algunos de los protagonistas que integran sus cuentos, pero es en Máximo Disfrute –“su maestro, su amigo, su mentor”- en quien deposita el eje que une al resto. Su nombre lo dice todo: Máximo Disfrute.
Es él quien le enseña qué es un adulto, la palabra “chabón”, qué los padres cojen y que hay cosas que son “pulenta”. También es quien lo emociona cuando una noche explica –con un aire de arrogancia-: “Boedo queda donde estemos nosotros”.
Casas sencillamente causa ternura. Desde que habla de su primer amor en la escuela primaria hasta cuando describe el tono de la piel de uno de los novios de su madre: color cinta scotch.
En los primeros cuentos queda pendiente un cierre, pero después se descifra que hay una secuencia y que no existen los finales en su obra narrativa. Quizás en eso radica su encanto, en dejar al lector con ganas de más.
Inventa un lenguaje propio que está en clave con el toque de humor. Antes de un extenso párrafo, Casas anticipa: “…me rapeó un largo monólogo”. Son ciertas palabras y algunos pequeños detalles que ayudan a construir una época llena de recuerdos: “Soy un Travolta de chocolatín Jack”. ¿Sabrá alguien en un par de décadas el mito alrededor de esa golosina entrañable? Casas intenta inmortalizarlo y es probable que lo logre.
El autor nació en 1965 en el barrio de Boedo y todo lo que escribe remite a ese hecho. Hace no mucho tiempo explicó que él considera a la invisibilidad una cualidad y que a las personas o a las cosas se las encuentra cuando se las necesita. Y eso pasa con este libro y con sus finales sin final, son invisibles hasta que se vuelven necesarios.
Y los lemmings… los lemmings existen de verdad: “son unos animalitos parecidos a las nutrias que vivían en las madrigueras en el Ártico y que, de golpe y sin motivo, se tiraban de cabeza por los acantilados, suicidándose…”. Lo dice en la página 19, casi al final sin final del primer cuento.
Natalia López

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