martes, 25 de septiembre de 2007

La Mami

*Una historia dentro de la Feria Internacional del Libro 2007*

"No me permiten hablar con la gente, así que pasá por acá”. Y pasé nomás. “Acá” era un baño de unos dos metros de ancho por uno y medio de largo. “La oficina”, como entre las dos lo apodamos, contaba con una silla y un inodoro, y estaba perfumado con un muy especial aroma a pis y a desinfectante.
María Jiménez es una mujer baja y de mediana contextura. Tiene 49 años y usa un uniforme bordó y blanco con la inscripción Pulire en un bolsillo del frente. Es empleada de limpieza y su sector de trabajo es un baño. Uno de los ocho que tiene el predio ferial La Rural, donde cada año se lleva a cabo la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, y que se encuentra entre las salas María Esther de Miguel y Roberto Arlt, del Pabellón Ocre.
“Tuve una vida difícil”, admite enseguida. Y una catarata de palabras comienza a fluir por su boca. “No conozco a mis padres y a una de mis hermanas la encontré en el programa Gente que busca Gente hace como diez años”, cuenta casi sin respirar. Mueve las manos a gran velocidad. Cada frase, cada idea que pone en palabras la acompaña con exagerados movimientos de sus manos regordetas con uñas largas y muy cuidadas. Cuando hace una pausa en su discurso, las junta, sus dedos se entrecruzan por unos segundos y tras una corta pero intensa lucha, vuelven a liberarse.

Afuera de la “oficina”, se escuchan voces de todo tipo. Dos adolescentes se critican la ropa y hablan de ese chico que tan bien las atendió en el stand de la editorial Sudamericana. “¿Viste sus ojos?”, dice una antes de comenzar a reír algo frenéticamente.
“Escuchás este tipo de conversaciones a diario. Las mujeres desahogan sus preocupaciones, intrigas y hasta el llanto en el baño. Una vez llegó una promotora de unos veinte años llorando. Estaba tan afligida que sólo atiné a abrazarla. Luego le hablé por varios minutos. Le dije que no había que gastar lágrimas en hombres, que no se lo merecen. Logré calmarla. Esto fue hace unos dos años y todavía, cada vez que viene, me pasa a saludar y me agradece por ese abrazo”, relata con una gran sonrisa, antes de agregar: “Muchas personas me han dicho que tengo algo especial, que transmito sabiduría. Yo no tenía idea de la razón por la que lloraba, pero lo intuí y la aconsejé”.
Este año, la Feria recibió a algo más de 1.200.000 visitantes, según los organizadores. Calculando que más o menos la mitad son mujeres y que de ellas gran parte va por lo menos una vez al baño y sabiendo que son sólo ocho, podemos deducir que unas 30.000 mujeres pasaron por “el sector” de María. “Son raros los momentos en los que el baño está casi vacío.
Normalmente hay largas colas y yo tengo que andar resolviendo conflictos cuando alguien quiere colarse”, admite. Y agrega: “Pero no me molesta, ya estoy acostumbrada. Una vez una señora me dijo `Te felicito por el baño limpio y tu paciencia, se nota que sabés manejar a la gente´. Yo creo que tenía razón, si bien no cuento con gran educación, me considero una persona sabia, que supo aprender de todo lo malo que me pasó”.
María nació en Tucumán y perdió a su familia cuando tenía tres años. Sus padres murieron en un accidente y sus hermanos fueron “repartidos” entre familiares, amigos y desconocidos. Ella fue criada por una familia que nunca le reveló la verdad. “Mi mamá me trataba muy mal. Me hacía trabajar con los animales, me retaba por todo y no me dejaba comer con ella y mis hermanos cuando mi papá no estaba en casa”, cuenta mientras su mirada se fija en el techo del baño. Vivió con ellos en el pueblo tucumano Los Puestos, muy cerca de la frontera con Santiago del Estero. No entendió el desprecio de su madre hasta que a sus 14 años un tío que estaba por morir la llamó por teléfono. “Me dijo que no quería llevarse un secreto a la tumba y me confesó que yo no pertenecía a esa familia – relata mientras una especie de nube gris comienza a modificar el marrón de sus grandes ojos - Se me vino el mundo abajo. No sabía que hacer y me fui de casa con un novio que tenía. Así llegué a Buenos Aires”.
En la capital argentina crió a sus seis hijos: Silvia Rosa, Irma Mariela, Sofía Lorena, Alberto Antonio, Jonathan Fabián y David Hernán. Al principio contaba con la ayuda de su marido, pero luego descubrió que ese joven que la había traído tan lejos de su casa se había convertido en un monstruo. “Sentía un constante maltrato de parte de él, lo aguanté hasta que un día me pegó una patada en el estómago y terminé muy grave en el hospital”, cuenta. Poco después de ese ataque él se fue con otra mujer y los dejó sin nada. “Se llevó todo lo que teníamos, la plata, el coche. Incluso le compró una casa a la otra mujer”, indica.
La frase que María había dejado caer al principio comienza a tomar forma. Su relato sustenta esa idea original de una vida difícil. “Sufrí muchísimo, pero yo me digo que antes vivía en río turbio y ahora, en la claridad que me da la sabiduría”, dice. Pero no sólo lo dice, lo gesticula lentamente con sus labios pintados de un rosa tostado y su dentadura, en la que algunos huecos delatan la falta de cuidado. Sabe que la frase sirve, que resume lo que piensa y la repite dos veces más. No quiere dudas.
- ¿Cómo fue el encuentro con tu hermana?
- Maravilloso. Yo entré por la puerta que había en el programa y me desmayé de la emoción. Me impresionó que fuera tan parecida a mí.
- ¿Recordaba ella algo de tus padres?
- Sí, bastante. Ella es mayor que yo así que pudo decirme algunas cosas. En realidad fue ella, Haydés, la que me contó todo lo que sé de mis padres.
- ¿Seguís viéndola?
- Sí, es re buenísima. Me adora y su familia también.
- ¿Conociste a tus otros hermanos?
- A otros dos sí, pero sé que hay por lo menos tres más viviendo en Tucumán, Córdoba y Mendoza, que aun no pude ver.
El ruido de la mochila del inodoro del baño de al lado al vaciarse interrumpe la charla. Por el espacio que queda entre el panel que divide ese del nuestro y el piso se puede ver que hay alguien cambiándose. Unos pies se mueven constantemente y de una mochila apoyada en el piso sobresale la cintura de un pantalón. “Debe ser una promotora”, arriesga María y aclara que suelen cambiarse allí a las apuradas para llegar en horario a atender los stands en los que trabajan.
En esta versión de la Feria del Libro, la número 33 hubo un total de 1.580 stands de medios de comunicación, editoriales, librerías, fundaciones, organizaciones y embajadas. Es el mayor número desde que se inauguró la primera en 1975 y hay una justificación lógica: este año la feria contó con un total de 45.000 metros cuadrados.
María trabaja desde las 10 de la mañana hasta las once de la noche encerrada en un baño que no tiene más de 60 metros cuadrados. “A veces, cuando sé que los inspectores no van a venir, me escapo un ratito para respirar aire puro. Son muchísimas las horas que paso acá adentro”, asegura. Su horario de trabajo es de trece horas diarias. Entra a las diez de la mañana y sale algunos minutos antes de las once para poder alcanzar el tren que la lleve hasta su casa, en José C. Paz. Vive sola allí, luego de que su marido regresara hace algo más de un año a vivir en su casa con los dos chicos menores. Los otros cuatro se casaron y se fueron hace un tiempo. “Tenía miedo de que pasara lo mismo que en el pasado y preferí irme yo. Él está muy enfermo de cáncer y no pretendo dejarlo en la calle, pero tampoco quiero estar bajo el mismo techo”, aclara mientras sus dedos acomodan un mechón de cabello que se soltó del tirante peinado hacia atrás. En la parte superior de su cabeza, unos mechones blancos interrumpen el marrón chocolate de su cabello. “Luché muchísimo por darles a mis hijos lo que yo nunca tuve y creo que logré educarlos bien. Mi mayor logro es saber que me quieren y que confían en mí. Me cuentan todo, hasta cuando meten la pata”, dice inflando el pecho. Hace una pausa y continúa: “Nunca van a decir ‘Mi mamá me maltrató’”.
“Mami, Mami”, grita una chica desde afuera mientras golpea la puerta del baño en el que estamos. María la invita a entrar. Es una de sus compañeras. No tiene más de 25 años, habla apurada y no deja de sonreír. Quiere avisarle a que posiblemente haya paro de colectivos a la noche. Van a tener que salir corriendo para no perder el tren. “Quedate tranquila que no me quedo ni un minuto más de lo que debo”, la tranquiliza. La chica vuelve a sonreír y se va rápidamente.
“Me llevo muy bien con todos los chicos que trabajan acá; en especial con los más jóvenes. Muchos me llaman ‘la Mami’ y me cuentan cosas que no suelen hablar con sus padres”, cuenta María y se apresura a agregar: “yo saqué a muchos de la droga. Cuando los encontraba fumando o algo así los agarraba y les decía que se estaban matando, que se fijaran en las amistades, que así no iban a llegar a ningún lado. Hoy me lo agradecen, saben que los salvé”.
Es ese “algo especial” que asegura tener lo que la llevó un día hasta una de las iglesias evangelistas. “Voy muy seguido a la iglesia, a la común digo, pero cada tanto me acerco a esas para hablar con los pastores”, afirma. “Yo vi lo que iba a pasar en las Torres Gemelas antes de que sucediera y lo hablé con uno de los ministros. Luego ayudé a una chica en silla de ruedas. La miré fijo y le grité que ella podía pararse, que lo intentara, y lo hizo”, relata. Y cuenta muchos más ejemplos. “¿Viste la cantidad de extranjeros que suelen venir a esta Feria?”, me pregunta y antes de dejarme contestar continúa: “Bueno, muchas veces me encontré hablándoles en el mismo idioma que ellos, comprendiendo perfectamente lo que me decían. Son idiomas que nunca aprendí. Apenas llegué hasta séptimo grado de la escuela”.
“¿Hay alguien ahí? ¿Está ocupado?”. Una voz chillona que hacía recordar a la fantástica Niní Marshall en su papel de Catita preguntaba con insistencia. Era evidente que la urgencia de sus necesidades fisiológicas la estaban poniendo nerviosa. Como dos niños que se acababan de ratear, María y yo permanecíamos en silencio. En mi mente se repetía una y otra vez una frase que me había dicho unos diez minutos antes: “Los inspectores nos vuelven locos. Pasan al menos una vez al día y nos retan por cualquier cosa”. No quiero ponerla en problemas así que hago silencio. Finalmente, y tras la interminable lista de preguntas de la voz chillona, María decidió responderle un seco y terminante “Ocupado”.
Está sin dudas más interesada en continuar hablando de sus creencias que en calmar a la agitada dueña de esa voz. “Ahora estoy leyendo la Biblia y me sorprendo todo el tiempo porque ahí predicen las cosas que ahora pasan. La gente muriéndose de hambre, la avaricia, la muerte. Todo está en ese libro, es increíble, hay que leerlo”, aconseja.
La conversación llega poco a poco a su fin. Entre risas, me confiesa que no le cuesta hablar, que siempre fue de decir todo lo que pensaba. Yo asiento y ella lo refuerza con palabras: “A veces no me doy cuenta y abro el micrófono de mi corazón. Comparto mi vida con los demás, con la esperanza de transmitir este amor a la vida que mueve mi mundo”.
Al salir, la voz chillona se materializó rápidamente en una señora de unos setenta años de edad que miraba sorprendida cómo de un mismo baño salíamos dos personas. “¿Se puede usar?”, preguntó cuando la urgencia le ganó finalmente al asombro. “No”, contestó María. Fin del diálogo. ¿La señora? Seguía en la fila cuando me fui y la Mami se metió apurada en otros de los baños con un tarro de desinfectante en una mano y un trapo en la otra.

Pamela Altieri


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